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Ver la Versión Completa : La manifestación del Espíritu - Regalos de sanidades



P. Pereyra
04/11/2010, 15:20
Regalos de sanidades:

La manifestación de “regalos de sanidades” consiste en un regalo de sanidad desde Dios hacia una persona, por medio de algún creyente. La palabra “sanidades” es la palabra griega iama, que se usa sólo aquí y en los versículos 28 y 30, no hay más usos de esta palabra en texto griego del NT. Iama está relacionada con el verbo iaomai, que significa “sanar”. Hay varias palabras griegas que pueden traducirse como “sanar”, pero cuando estudiamos esta palabra en particular, vemos que siempre implica una sanidad que proviene del poder de Dios y que es inmediata, que puede implicar aspectos físicos, mentales o espirituales. Entonces, al hablar de “regalos de sanidades” como una manifestación del espíritu, no se trata tan sólo de la sanidad progresiva que una persona obtiene a través de oración y el cuidado de su cuerpo y mente, sino de una sanidad que es ministrada por otro cristiano a través del don de espíritu santo, que tiene un resultado visible e inmediato.

En la Biblia tenemos muchos ejemplos de esta manifestación, especialmente en la vida de Jesús. Veamos algunos ejemplos:

Marcos 1:40-42
(40) Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.
(41) Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio.
(42) Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio.

Aquí leemos que “al instante la lepra se fue de aquél”, Jesús lo tocó, le confirmó su deseo de que sea sanado y el leproso recibió sanidad.

Algo que debemos comprender es que esta manifestación es denominada “regalos de sanidades” porque son “regaladas” por Dios. Algunos dicen que el cristiano tiene derecho a estar sano y debe reclamar a Dios por sanidad. Sin embargo, la Biblia nos está diciendo que la sanidad es un regalo, uno no la merece, así que no la puede “reclamar”, pero sí la puede pedir.

La Biblia nos dice que ante una enfermedad lo correcto sería acudir a otros cristinos maduros y que juntos oren, y si la enfermedad es causada por algún pecado, que ese pecado pueda ser confesado y sea así sanado la mente de la persona y reciba sanidad en su cuerpo de la persona (Santiago 5:14, 15). De este tipo de sanidad no nos ocuparemos en este estudio, pero si desean ampliar el tema, recomiendo el estudio “Sanidad: el don de gracia y misericordia de Dios”, en la página [Only Registered And Activated Users Can See Links]

Otra forma de recibir sanidad de parte de Dios es por medio de otro cristiano que ministre sanidad. Cuando un cristiano ministra sanidad a otro, debe previamente haber recibido la instrucción de Cristo, por medio del don de espíritu santo, sobre qué hacer o qué decir para administrar una sanidad. No todos los casos son iguales, y no hay fórmulas para sanar a otros. Lo que debemos hacer es estar “en sintonía” con Cristo, y Él nos dirá cuándo podemos ministrar la sanidad y cómo debemos hacerlo. Si investigamos en las Escrituras, verán que las formas en que se ha ministrado sanidad son muy diversas, esto es porque cada caso es particular y Dios sabe qué se debe hacer en cada caso.

En Marcos 2 leemos:

Marcos 2:4-12
(4) Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
(5) Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
(6) Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones:
(7) ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?
(8) Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?
(9) ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?
(10) Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):
(11) A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
(12) Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.

Fíjense que en el versículo 5 leemos que “al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico…”. Algo que debemos tener en cuenta es que Jesús no anduvo tocando a todo el que se le cruzaba para darle sanidad. Jesús buscaba hombres y mujeres de fe para sanar. Jesús iba por todos lados predicando el evangelio del reino de Dios, anunciando que él era el Restaurador, el Príncipe de Paz, el Salvador prometido. Aquellos que creían a Su anuncio se acercaban para recibir de parte de Él y recién allí Él tenía la posibilidad de actuar en las personas.

En este caso, el hecho de que estos hombres hicieran tal esfuerzo para poder llevar al paralítico al lugar en donde estaba Jesús ponía en evidencia que ellos estaban teniendo fe en que Jesús era capaz de dar sanidad a este hombre. Curiosamente, cuando Jesús lo vio, lo primero que dijo no fue “levántate”, sino “tus pecados te son perdonados”. Jesús supo que había algún pecado en la vida de este hombre que le estaba impidiendo llegar a creer lo suficiente para ser sano, probablemente el no creía ser merecedor de la sanidad, por lo que Jesús tuvo que “sanar” su problema psíquico antes de sanar su problema físico. Luego de haber dicho esto, y de haber discutido con algunos escribas, Jesús dijo al paralítico: “levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa”, lo cual el paralítico creyó, ya que en seguida se levantó y tomó su lecho y se fue.
En el relato anterior de sanidad, Jesús no habló al leproso acerca de sus pecados, simplemente expresó su deseo de sanarlo y lo tocó y el leproso fue sano. En este relato, Jesús primero dijo al paralítico que sus pecados habían sido perdonados, y luego le ordenó levantarse. Aquí las palabras de Jesús no fueron una expresión de deseo sino una orden. En el relato del leproso, Jesús tocó a la persona, aquí no se dice nada sobre Jesús “tocando” al paralítico. Debido a que los leprosos eran menospreciados y todo el mundo evitaría tocarlos, el hecho de que Jesús tocara al leproso hace pensar que quizá lo hizo para demostrar que él no lo despreciaba.

Marcos 3:1-5
(1) Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano.
(2) Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle.
(3) Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio.
(4) Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban.
(5) Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.

Aquí vemos que Jesús primero ordena a este hombre a levantarse y ponerse en medio de la sinagoga. Jesús no le dijo que le iría a ministrar sanidad, simplemente le dijo que se levantara y pusiera en medio. El hecho de que el hombre obedeciera sin “peros” nos muestra que él reconocía la autoridad de Jesús, entonces, cuando Jesús le dijo: “extiende tu mano”, el hombre hizo lo mismo que antes: obedecer. Él sabía que si el Señor le estaba ordenando algo es que él podía hacerlo.

De este modo, vemos que otro aspecto importante para recibir sanidad consiste en reconocer la autoridad de Jesús y obedecerle. Hoy en día, nuestro espíritu nos conecta con Jesús, entonces, si Jesús nos envía a dar sanidad a una persona, tanto nosotros como esa persona deben reconocer que quien está dando las órdenes es Jesús. Si Jesús me dice que le diga a un paralítico que se levante, yo debo creer que él hará fluir el poder necesario para dar la sanidad, pero, además, el paralítico debe reconocer que lo que estoy hablando de parte del Señor, y debe obedecer a mis palabras, o sea, ¡debe levantarse!

Esto mismo pasó con el paralítico al cual sanó Pedro:

Hechos 3:1-8 (NVI)
(1) Un día subían Pedro y Juan al templo a las tres de la tarde, que es la hora de la oración.
(2) Junto a la puerta llamada Hermosa había un hombre lisiado de nacimiento, al que todos los días dejaban allí para que pidiera limosna a los que entraban en el templo.
(3) Cuando éste vio que Pedro y Juan estaban por entrar, les pidió limosna.
(4) Pedro, con Juan, mirándolo fijamente, le dijo: --¡Míranos!
(5) El hombre fijó en ellos la mirada, esperando recibir algo.
(6) --No tengo plata ni oro --declaró Pedro--, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!
(7) Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante los pies y los tobillos del hombre cobraron fuerza.
(8) De un salto se puso en pie y comenzó a caminar. Luego entró con ellos en el templo con sus propios pies, saltando y alabando a Dios.

Noten que cuando Pedro habló al paralítico le dijo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret”. Algunos creen que “el nombre” de Jesucristo es una especie de “fórmula” para que las cosas sucedan. ¡Creen que sólo hace falta decir “en nombre de Jesucristo” y todo sale bien! Pero no es así. En la cultura de la época bíblica el “nombre” era sinónimo de autoridad delegada. Hacer algo “en nombre de” era equivalente a hacer algo “de parte de”.

En realidad, hoy en día también usamos el “nombre” de ese modo. Por ejemplo, supongamos que José Pérez nos manda a un almacén y nos dice: “dile al dueño que vas en nombre de José Pérez y que lo anote en la cuenta”. No es que “el nombre” de José Pérez sea especial, sino que yo voy de parte de José Pérez, voy con su autoridad delegada para poder comprar algo y que me lo anoten en la cuenta.

Entonces, cuando Pedro dijo “en nombre de Jesucristo de Nazaret ¡levántate y anda!”, estaba diciendo que Jesús mismo había dicho a Pedro que Él iba a sanar al lisiado. En palabras de hoy, Pedro dijo: “Jesús me manda a decirte que te levantes y camines”.

Por lo tanto, no todo lo que se hace o dice bajo la frase “en nombre de Jesús” tiene el apoyo espiritual del Señor. Si Jesucristo me envía a hacer o decir algo, legítimamente puedo decir “esto lo hago en nombre de Jesús” o “esto digo en nombre de Jesús”, y tendré todo su apoyo y respaldo para obtener los resultados apropiados. Pero si hablamos “en nombre de Jesús” sin tener su instrucción y su aval no podemos garantizar que tendremos su aval y apoyo espiritual.

Aquí hay otro ejemplo:

Hechos 9:32-35
(32) Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida.
(33) Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico.
(34) Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó.

Aquí queda claro, Pedro no dijo “en nombre de Jesucristo”, directamente le dijo a Eneas: “Jesucristo te sana”, Pedro recibió revelación de Jesús de que Eneas iba a ser sanado y la transmitió a Eneas y Eneas fue sanado.

En el tema de la sanidad, las situaciones son muy diversas, los problemas de las personas muy variados, y las causas de la enfermedad pueden no ser las que creemos que son, por lo que no podemos tomar un ejemplo de sanidad de la Biblia e intentar aplicarlo a todo caso. Lo único que podemos hacer y debemos hacer es confiar en Dios y mantenernos en sintonía con Cristo para que Él nos indique qué hacer, porque, recordemos que todas las manifestaciones espirituales las energiza Dios y las distribuye Cristo, nosotros no somos los que decidimos a quién sanar ni cómo sanarlos.

Veremos dos casos más de sanidad en Marcos:

Marcos 5:22-23
(22) Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies,
(23) y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.

Aquí vemos que este Jairo vino a Jesús y pidió que él pusiera sus manos sobre la niña para que sea sanada. Evidentemente, Jairo creía que Jesús podía sanar a la niña, pero sólo si Jesús ponía sus manos en ella, así que Jesús accedió a ir hasta la casa:

Marcos 5:24-28
(24) Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.
(25) Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre,
(26) y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor,
(27) cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto.
(28) Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva.

Noten que nadie le dijo a esta mujer que tocando el manto de Jesús ella podría ser sanada. Pero ella llegó a creer que el poder de Jesús era tal que tan sólo con tocar su manto podría ser sanada.

Marcos 5:29-30
(29) Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote.
(30) Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?

El versículo 30 nos confirma que no era el manto de Jesús lo que tenía poder, sino que el poder había salido de Jesús. La fe de esta mujer había sido tal que, de alguna forma, Dios “puenteó” a Jesús y dio sanidad a la mujer sin avisarle a Jesús que lo haría. Dios sanó a la mujer a través de Jesús, ¡pero sin que Jesús interviniera activamente en la situación!

Marcos 5:31-34
(31) Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?
(32) Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto.
(33) Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad.
(34) Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.

Esta mujer había “tomado” poder de Dios mediante Jesús, pero sin avisar a Jesús que quería ser sanada. Por lo tanto, sintió miedo de que Jesús la “retara”, pero aún así le contó todo. Jesús, lejos de regañarla, le confirmó que ella había sido sanada por su fe. No es que la fe en sí de sanidad, la fe no es un poder con capacidad de producir cosas, Quien dio la sanidad fue Dios, por medio de Jesús, pero ese poder de Dios fue provisto a la mujer porque la mujer tuvo fe, la mujer creyó en su corazón que Jesús podía darle sanidad aún sin participar en la ministración de la sanidad.

Mateo 5:35-36
(35) Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?
(36) Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.

¡Esta es una situación terrible! Jesús se detuvo a buscar quién le había tocado, luego la mujer le contó todo, después Jesús habló a la mujer, en todo este tiempo que pasó, la niña de Jairo murió. Esto es como cuando en las películas al héroe se le da a elegir entre salvar a su novia o a un grupo de niños. Jesús se detuvo a hablarle a una persona y mientras otra se le murió. ¡Pero él tiene poderes que no tiene ni Superman ni el hombre araña! Él podía resucitar a la niña.

Aquí es evidente que los mensajeros no creían que Jesús podría resucitar a un muerto, porque dijeron a Jairo que no moleste más al Maestro. Ellos pensaron que mientras estaba viva Jesús podría sanarla, pero ya muerta no había más nada que hacer. Sin embargo, Jesús calmó a Jairo y le dijo que no tenga miedo, que es, seguramente, lo que Jairo estaría experimentando al recibir tal noticia.

Mateo 5:37-40
(37) Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.
(38) Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho.
(39) Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme.
(40) Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.

Cuando Jesús dijo que la niña no estaba muerta, sino que dormía, se estaba refiriendo a que pronto despertaría. Es posible que la niña no haya estado realmente muerta, sino que aún estuviese con vida pero sin signos vitales. Pero lo más probable es que sí haya estado muerta, y que Jesús usara estas palabras en forma figurada para dar a entender a las personas que ese estado de muerte era sólo momentáneo, porque él la resucitaría.

Noten que al referir estas palabras se burlaban de él, y él echó fuera a todos y dejó adentro al padre y a la madre de la niña y a los discípulos que estaban con él. ¿Qué hizo Jesús aquí? Jesús echó a todos los incrédulos, los que se burlaban y no creían que él daría sanidad a la niña, y dejó adentro a los padres de la niña, que eran quienes debía creer por la niña (ya que la niña no podría creer por sí misma), y dejó a sus discípulos, que sí creían en él.

Mateo 5:41-42
(41) Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.
(42) Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente.

Jesús jamás pronunció una palabra vacía, Jesús jamás dijo que iba a hacer algo para luego no hacerlo. Cada vez que Jesús habló, Sus palabras se cumplieron, porque Él hablaba de parte de Dios, y Dios no miente. Jesús dijo que la sanaría y la sanó. Jesús dijo a la niña que se levante y ella se levantó. Por lo tanto, si hoy Jesús nos dice: “ve y di”, “ve y sana”, “ve y haz esto”, podemos estar seguros que él avalará nuestras acciones con Su poder.

Un aspecto muy importante para recibir sanidad (al igual que cualquier otra cosa de Dios) consiste en tener fe en el amor de Dios mediante Cristo y obedecer las instrucciones dadas por Dios.

Hechos 28:25-27
(25) Y como no estuviesen de acuerdo entre sí, al retirarse, les dijo Pablo esta palabra: Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo:
(26) Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis;
(27) Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyeron pesadamente,
Y sus ojos han cerrado, Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y entiendan de corazón,
Y se conviertan, Y yo los sane.

Aquí la palabra “sane” en el texto griego está en tiempo futuro “yo los sanaré”. Y “sanaré” es la palabra griega iaomai, que habíamos visto que consistía en una sanidad inmediata otorgada por Dios. Este pasaje apunta hacia dos aspectos de la sanidad: una es la sanidad futura del ser humano. A aquellos que creen en Cristo como Señor de sus vidas, Dios promete en el futuro darles un cuerpo inmortal e incorruptible, esa será la total sanidad de Dios. Sin embargo, hoy en día, Dios muchas veces da instrucciones específicas a una persona, con el fin de darle sanidad HOY, si esa persona oye, puede ser sanada por Dios inmediatamente. El problema por el cual hoy no hay tantas sanidades entre las personas cristianas es porque tienen sus ojos cerrados a la Palabra de Dios, oyen pesadamente el mensaje de Dios, no tienen el deseo de aprender de Dios, y, por lo tanto, no entienden Su voluntad y Dios no puede dar la sanidad que quiere dar.

Lucas 17:12-15
(12) Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos
(13) y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
(14) Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
(15) Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,

Aquí vemos que Jesús dio una instrucción específica a los leprosos. La sanidad no fue mediante una imposición de manos, ni por oración. Jesús les dio una instrucción específica: “Id, mostraos a los sacerdotes…” y “mientras iban” fueron limpiados. La sanidad fue instantánea, pero la recibieron mientras cumplían la voluntad de Dios. Uno sólo volvió agradecido, sin embargo, los diez creyeron en la instrucción dada por Jesús, porque los diez hicieron lo que Jesús les dijo que hicieran. Fue la obediencia lo que les proveyó la sanidad física.

Mateo 8:5-8
(5) Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole,
(6) y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado.
(7) Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.
(8) Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado sanará.

Este pasaje es curioso, si vemos el uso de las palabras griegas. En el versículo 7, donde dice “sanaré”, la palabra griega es therapeuo, que por ejemplo, el léxico de Louw-Nida define como: “hacer que alguien recobre la salud, frecuentemente con la implicancia de tomar cuidado de dicha persona”. De esta palabra se deriva nuestra palabra castellana “terapia”. Pero la palabra traducida “sanará” en el versículo 8 es iaomai, que es la sanidad instantánea dada por Dios. En otras palabras, Jesús dijo al centurión: “yo voy a ir a verlo y ver qué es lo que hace falta para ministrarle sanidad” y el centurión le respondió: “no, Señor, sólo di la palabra y él sanará inmediatamente” ¡El centurión estaba diciéndole a Jesús qué hacer! ¿Por qué? ¿Por qué pensó el centurión que no hacía falta que Jesús vaya hacia su casa?

Mateo 8:9-10
(9) Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
(10) Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.

El centurión era hombre bajo autoridad y que tenía también autoridad sobre otros hombres y sabía que otros debían obedecerle a su mandato, tal como él obedecía a su general cuando éste hablaba. Entonces, el centurión reconoció la autoridad de Jesús para sanar, reconoció que lo que Jesús dijera se haría y supo que no hacía falta más que su palabra para que las cosas se hicieran, porque él sabía que si Jesús hablaba, lo haría de parte de Dios y con todo el poder y aval de Dios. Esto hizo que Jesús se maravillara, porque este hombre reconoció la autoridad de Jesús mejor que lo que lo habían hecho los israelitas, que eran quienes tenían las promesas de Dios sobre el Salvador de la humanidad.

Mateo 8:13
Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

Al final, Jesús “dijo” la palabra. Y dijo al centurión como creíste (tiempo pasado) te sea hecho. El centurión sabía que Jesús podía sanar a su siervo, pero no podía estar seguro si querría sanarlo hasta no ir y preguntarle. Luego de que Jesús dijo “yo iré y le sanaré” el centurión supo que Jesús iba a sanar a su criado y podemos decir que creyó que su criado sería sanado antes de ver la sanidad. Por eso Jesús le dice que como creíste te sea hecho, el centurión ya había creído por la sanidad del criado, y el criado fue sanado (griego iaomai) en ese mismo momento. El centurión, teniendo hombres a cargo, pudo haber conseguido un grupo de hombres que trajeran al enfermo hasta Jesús, el hecho de que no lo haya hecho nos sugiere que él ya iba con la idea de que Jesús tan sólo debía decir la palabra para dar la sanidad. Incluso noten que en este caso, la creencia del centurión afectó al criado que tenía a cargo. No fue un familiar, sino el jefe de la persona enferma la que creyó para la sanidad.

Entonces, hemos visto que las sanidades instantáneas que se administran por medio del poder de Dios dando energía a nuestro don de espíritu santo dependen de: la instrucción del Señor, de la obediencia de esa instrucción. El creyente que recibe una instrucción de Jesucristo para dar sanidad a una persona debe obedecer a esa instrucción. A su vez, si el creyente, en obediencia a Cristo, pide a la persona enferma hacer algo, esa persona deberá también obedecer a la instrucción dada.

Lo que siempre hay que tener en cuenta es que las sanidades son regalos de Dios. Uno no puede obligar o forzar a Dios a dar una sanidad. Tampoco sirve “hacer fuerza” mentalmente para recibir una sanidad departe de Dios. La instrucción bíblica para el que está enfermo es orar junto con otros cristianos (Stg. 5:13-14), si Dios desea dar una sanidad instantánea, dará la instrucción adecuada, en ese momento, y no antes, es que podemos “creer” por sanidad. Sólo podemos creer cuando tenemos una información sobre la cual creer. Muchos cristianos intentan ministrar o “mandar” sanidad sin tener una instrucción específica de Dios, y por eso fallan en sus intentos. Otros han sido enseñados a reclamar la sanidad de parte de Dios, cosa que tampoco es una actitud correcta, Dios no está obligado a dar sanidad a nadie, si lo hace, es un REGALO y lo hacer por AMOR, sin embargo, no siempre estará disponible la sanidad y es inevitable sufrir de la enfermedad final que afecta al ser humano: la muerte. Nadie podrá escapar de la muerte de este cuerpo, aunque Dios promete que en el futuro dará un cuerpo incorruptible a todo el que hizo a Jesús el Señor de su vida, éste estará completamente sano y sin capacidad para sufrir enfermedad.