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Ver la Versión Completa : la presencia del Espíritu



Paco
14/08/2007, 08:55
Evangelio de Juan capitulo 16
La misión del Espíritu Santo en el mundo (vs. 8 al 11). La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia hace levantar la oposición del mundo, según ya vimos en los vs. 1 al 3. El estudiante podrá comprobar lo que hicieron los hombres con Esteban cuando éste estaba «lleno del Espíritu Santo», al estudiar el libro de los Hechos de los Apóstoles 7: 54 al 60, en el Curso «La Iglesia de Jesucristo». Consideremos las operaciones del Espíritu Santo con respecto al mundo: (a) La presencia del Espíritu Santo influye en las conciencias de los hombres para producir en ellos convicción de pecado. Cuando el Espíritu glorifica a Cristo delante del mundo, los hombres sienten la vileza de su pecado en rechazar a Aquel que está gloriosamente entronizado a la diestra de Dios. (b) Sólo la presencia del Espíritu Santo podía persuadir a los hombres de la certeza de la justicia de Dios que se manifestó en el Calvario al llevar Cristo sobre Sí, como Sustituto del pecador, el castigo de nuestros pecados en la cruz, consumando así nuestra redención. Y esa justicia es mostrada ahora a favor de los creyentes ante el Padre. (c) La presencia del Espíritu Santo nos revela que el juicio se garantizó cuando el diablo y todas sus obras fueron juzgados en la cruz. Todos los poderes de las tinieblas fracasaron en impedir el triunfo redentor de Cristo. Y ese juicio ya realizado, que implica la derrota de Satanás, se manifestará plenamente cuando el Universo sea librado de una vez para siempre de la presencia del gran enemigo de nuestras almas. :bienok

J. Galván V.
14/08/2007, 18:03
...Y por su presencia estamos aquí en el Foro,
porque si así no fuera, no podríamos confesar
que Jesucristo es el Señor.

1 Corintios 12:3 "Por tanto os hago saber, que nadie que hable por el Espíritu de Dios, llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo".

gloria33
14/08/2007, 20:00
:54: "Y Jesús habiendo dicho esto sopló, y les dijo: Recibid al Espíritu Santo".(Juan 20:22).
Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. versículo24
Ocho días después, estaba otra vez sus discípulos dentro (donde estaban reunidos, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. versículo26
A causa de la incredulidad de Tómas Jesús le dijo: Porque me has visto Tomás, creístes; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. versículo 29.

El Espíritu Santo de Dios nos revela las cosas de Dios, nos hace creer en lo que no hemos visto por la fe, y aún cuando hay incredulidad hace posible por medio de señales y prodigios para los que dudan crean en El.

La Gloria, la alabanza, la honra sean a Jesucristo por la presencia del Espíritu Santo de Dios en la tierra.

Paco
17/08/2007, 15:00
evangelio de juan capitulo 18

mas allá del arroyo de Cedrón, en las vertientes del Monte de las Olivas, aparecía el Huerto de Getsemaní con su floreciente vegetación y venerables olivos, paraje predilecto del Señor para su retiro durante las visitas a Jerusalén, cuyo expresivo nombre significa «prensa de aceite» y nos habla de que allí el alma del Dios-Hombre parecía como oprimida por la carga abrumadora de nuestros pecados -los tuyos y los míos- que había de llevar sobre Sí en el juicio de la cruz, convirtiéndose en la víctima de la expiación.


Judas, el traidor, aparece al frente de una turba en la que figuran una compañía de soldados romanos, alguaciles de los sacerdotes y servidores de los fariseos, no sólo provistos de linternas y antorchas, sino también... ¡de armas! Jesús no ofreció ninguna resistencia tratando de evitar que sus enemigos le prendieran, sino que, por el contrario, Él se adelantó al encuentro de sus adversarios y les preguntó: «¿A quién buscáis?». ¡Empezaba la hora de la potestad de las tinieblas! El Señor les dice: «Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas ésta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas» (Lucas 22:53).


2. Cristo controla la situación (vs. 4 al 9). Pero palos y armas resultan inútiles contra Él. Nada pueden contra su humanidad, porque le arrestaron con su consentimiento, ya que voluntariamente se entregó a manos de sus verdugos; ni nada pueden tampoco contra su divinidad, porque con una sola palabra podía haberlos fulminado (v. 6). Desde el primer momento, Jesús dominó las circunstancias completamente. Notemos el contraste: ellos podían buscar a Jesús nazareno, pero Jesús nazareno era el gran «Yo Soy» (Jehová), y la compañía vil cae derribada a tierra al oír como un eco el Nombre divino de Éxodo 3:14. Esta identificación de Cristo con la suprema Deidad llega a ser aquí una declaración contundente de Majestad y una prueba de que Él en ningún momento perdió su divinidad.


3. La espada de Pedro (vs. 10, 11, 15 al 18; y 25 al 27). La acción de Pedro revela un arranque de celo, pero falta de discernimiento. Siempre impetuoso, reacciona violentamente y lanza aquel golpe que, buscando seguramente el cráneo, halla simplemente la oreja. Pedro obró con el valor de la desesperación, pero sin sabiduría. Y en contraste, el Maestro, poderoso y misericordioso, tiene que intervenir para rehacer lo que su impulsivo discípulo ha deshecho y sana al herido. Pero una vez que Pedro hubo fallado en lo pequeño, le era muy difícil mantenerse firme cuando se le pidió una confesión de fe: «¿No eres tú también de los discípulos?». Y él dijo: «¡No lo soy!». No sabemos qué espada fue más afilada: si la que cortó la oreja de Malco, o la que con una mentira tan cobarde hirió el alma del Salvador.

Paco
17/08/2007, 15:06
4. Parodia de procesos (vs. 12 al 14; 19 al 24; y 28 al 40), El infame proceso nocturno empezó con el interrogatorio eclesiástico ante Anás el pontífice, quien ejercía mucha influencia en los círculos sacerdotales, teniendo más bien carácter informativo, pues era preliminar al interrogatorio oficial que luego tendría lugar delante del Sanedrín ante Caifás, los cuales le condenarían a muerte acusado de blasfemo por declararse Hijo de Dios (Mateo 26:63 al 66). Por eso Anás tenía tanto interés en averiguar si Jesús había reunido a los suyos alrededor de Sí como simple rabino, o como el Mesías esperado.
Pero ante Pilato, quien llevó a cabo el interrogatorio civil, los jefes del judaísmo, que sabían que como gobernador romano no le interesaba la cuestión religiosa de blasfemia, dieron a la acusación un matiz político, procurando hacer ver entonces que Jesús era un revolucionario que se levantaba contra Roma, al pretender ser Rey. Sin embargo, Cristo declara que su Reino es esencialmente espiritual, y, por tanto, un Rey espiritual no puede ser acusado de traición política. Después, Pilato, mostrando su debilidad en sus esfuerzos conciliatorios con los airados judíos, hace una sugerencia al pueblo, pero éste, oponiéndose abiertamente a la Vida, consuma el gran rechazamiento y pide la libertad de Barrabás, bandolero y asesino.

Paco
17/08/2007, 15:11
juan capitulo 19

1. El Hombre escarnecido (vs. 1 al 6). El cuadro patético que nos presenta esta porción nos hace estremecer hondamente ante tanta crueldad, ignorancia y dureza de corazón: el divino preso es azotado, coronado de espinas, burlado, herido con un cetro de caña y abofeteado, antes de emprender el camino de la cruz. «Padeció bajo Poncio Pilato», es la cláusula que figura en el llamado «Credo de los Apóstoles». Pilato estaba convencido de la nobleza y dignidad de Jesús, y concluyentemente reconoce y reafirma la inocencia de aquel prisionero singular. «¡He aquí el hombre!». Estas palabras de Pilato están cuajadas de profundo significado. Van más allá de una simple mezcla de desprecio y compasión hacia Jesús por «lo que quedaba del hombre». Es por boca de un gobernador pagano que las Escrituras señalan a Aquel que se había hecho Hombre representativo de la raza humana con el fin de salvarnos, el «Hijo del Hombre», en quien sólo la raza pudo ser levantada otra vez. Como profetizó Caifás sin saberlo (11: 50-51), Jesús era el hombre ideal, poniéndose en lugar del hombre pecador, ofreciéndose a Dios como sustituto y representante nuestro.


2. El Hombre condenado (vs. 7 al 11). Cuando los judíos apelan nuevamente a la acusación original de blasfemia, Pilato «tuvo más miedo». ¿De quién? De Cristo. ¿Por qué? Porque los paganos creían que los dioses, de vez en cuando, bajaban del cielo para morar entre los hombres. ¿Sería tal vez Jesús uno de estos dioses encarnados? De ahí la pregunta temerosa de Pilato: «¿De dónde eres tú?». Pilato se jacta de su potestad, y no se da cuenta de que en aquellos momentos era un pobre esclavo de lo que más anula al hombre: el miedo supersticioso. Jesús tiene que decirle: «Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba». Los hombres obraron según el poder que pensaban tener, y la sentencia pesaba ya sobre Cristo: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir». No obstante, EI controlaba la situación todavía, pues nadie le quitó la vida, sino que El la puso de su propia voluntad (10:17-18).


3. El Hombre entregado (vs. 12 al 16). Seguramente el nombre de Pilato no se recordaría en la Historia si no fuera por el hecho de haber entregado a la muerte a Jesús. En realidad, la Eternidad dejará divididos a los hombres en dos grandes grupos según haya sido su actitud con respecto a Jesús, y el recuerdo que perdurará sobre todo otro recuerdo en esa Eternidad será la posición que cada uno haya asumido frente al Cristo (Mateo 27:22).


4. El Hombre crucificado (vs. 17 al 37). «Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron». Fue entonces cuando Pilato mandó poner sobre la cruz un letrero en los tres idiomas oficiales que simbolizaron: religión (hebreo), cultura (griego) y gobierno (latín), tres clases representativas que a lo largo de la Historia se han constituido en tenaces enemigos del Cristianismo. De las llamadas «siete palabras» que Jesús pronunció mientras pendía del madero, Juan escoge tres: el encargo al discípulo amado de que cuidara la madre de Jesús para que no quedase desamparada, «Tengo sed» y «Consumado es». Este grito expresaba claramente que el plan divino había alcanzado su meta: la redención de la humanidad estaba hecha. Cuando los soldados llegaron para quebrar las piernas de los crucificados con el fin de acelerar su muerte, Jesús ya había expirado, porque por encima de las sórdidas circunstancias estaba el propósito de Dios predicho por la Escritura (Éxodo 12:46), y es así como una referencia al cordero pascual se aplica a Cristo en la hora de su muerte, lo que da pleno valor típico a la Pascua como representación profética simbólica de la muerte redentora del Cordero de Dios. La lanzada del soldado romano al corazón de Jesús asegura que el Señor murió efectivamente, cumpliéndose así la profecía de Zacarías 12:10.


5. El Hombre sepultado (vs. 38 al 42). Dios no permitió que el cuerpo de Cristo fuera quemado con los de los dos ladrones crucificados con Él. Fue preservado entero. Dos consejeros de los judíos, que no habían dado su consentimiento al crimen de la condenación del Señor, y que hasta este momento habían sido discípulos de Jesús «secretamente por miedo» -José de Arimatea y Nicodemo-, hallan valor ahora para pedir el cuerpo a Pilato con el fin de darle decoroso sepelio. Así se cumplió Isaías 53:9, pues una vez consumada la obra de la redención, ninguna mano impía había de posarse sobre el precioso tabernáculo del cuerpo del Señor. Y Jesús recibe honrosa y digna sepultura.

Paco
21/08/2007, 10:15
Lección 21
EL TRIUNFO DE LA VIDA

(Leer capítulo 20 de juan)

1. La gran evidencia de la Resurrección: (vs. 1 al 10) Este es el gran acontecimiento que tuvo lugar en la mañana del Domingo. Sin la Resurrección, el Cristianismo no tendría sentido.

María Magdalena no entendió el significado de la tumba vacía, y trajo a Pedro y a Juan para investigar el hecho. Simón Pedro fue el primero que vio los lienzos colocados en su lugar correspondiente, detalle que le impresionó profundamente; pero a él le faltó ver lo que Juan observó con su mirada de fe, pues la palabra «vio» usada aquí significa: «ver con discernimiento y entendimiento». ¿Por qué creyó Juan al ver los lienzos que habían envuelto el cuerpo del Maestro echados en el suelo, o en el estante de piedra, con las envolturas de la cabeza aparte en su sitio? Porque tenía delante una prueba incontrastable de que el cadáver había desaparecido por medios sobrenaturales.

Un ladrón habría llevado la mortaja y el sudario juntamente con el cuerpo, o, alternativamente, habría tenido que desenvolver el cadáver de su complicado envoltorio y las bandas del vendaje se habrían hallado desparramadas por el suelo. Sin embargo no había nada de eso, sino que todas las vendas, en vez de estar tiradas, aparecían en orden, pero sin el cuerpo. A la luz del relato genuino hemos de entender que vieron los lienzos exactamente como los habían colocado José de Arimatea y Nicodemo, conservando aún la forma del cadáver que habían envuelto; es decir, echados en tal posición que revelaban claramente que el cuerpo salió a través de ellos como si fuera aire, del mismo modo como Jesús después se presentó en medio de sus discípulos a pesar de estar las puertas y ventanas cerradas. ¡He aquí, pues, la evidencia de una maravillosa intervención divina!


2. La revelación del Resucitado a María: (vs. 11 al 18). María que tanto anhelaba la presencia del Señor, tuvo que oír de labios de Jesús: «No me toques». Esta frase, según el original, ha de entenderse más bien en el sentido de: «No te agarres a mi, no me detengas». Así Cristo llama la atención de María a una nueva relación, ella no podía volver a verle corporalmente como antes. De aquí en adelante (después de su ascensión al Cielo), Maria le conocería de una manera nueva y suprema. La comunión de amor había de seguir, pero en un plano superior por la comunión espiritual mediante el Consolador (14:14), en una nueva relación dentro de una familia espiritual, íntimamente enlazada con el Padre por medio del Hijo ascendido a la presencia de Dios. De ahí la expresión «... porque aún no he subido a mi Padre». Efectivamente, el espíritu de Jesús sí había subido al Cielo al separarse del cuerpo durante los tres días que estuvo muerto (Lucas 23:43, 46; Juan 19:30), pero cuando pronunció estas palabras Él no había entrado a la presencia del Padre con su cuerpo resucitado y glorificado, como Hijo exaltado a la diestra de Dios.


3. El Señor en medio de los suyos: (vs.19 al 31). Jesús se aparece ahora a sus discípulos y les convence de la realidad de su resurrección mostrándoles sus heridas. Vemos aquí el principio del cumplimiento de la profecía del Salmo 22:22: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré». El Señor resucitado y glorificado ha de estar por siempre en medio de los suyos (Mateo 28:20), a causa de la relación tan íntima que existe entre Él y ellos. Veamos algunas de las consecuencias de su presencia entre sus seguidores: a) Paz y gozo. La paz del hombre se perdió a causa del pecado, y sólo pudo volver a otorgarse después de la expiación de su maldad por la obra de la cruz. La paz de Dios trae como resultado ese gozo que ya siempre sería la posesión de los discípulos. b) Plenitud del Espíritu Santo y comisión. Aquí se nos describe un precioso acto simbólico que anticipa la realidad del día de Pentecostés, en el cual los discípulos habían de ser llenos del Espíritu Santo. El «soplo» del Señor representa el envío de su Espíritu desde la diestra del Padre.
La remisión de los pecados dependería de la obra de proclamación del Evangelio, y los apóstoles sólo podían ser enviados a predicar en el poder del Espíritu de Dios. El cumplimiento de su ministerio de predicación, y la presentación del Salvador delante de los pecadores, serían el único medio para el perdón de los pecados. Por lo tanto, el poder conferido a todos los que anuncian las Buenas Nuevas (el Evangelio), es el poder para proclamar la remisión de los pecados como consecuencia del arrepentimiento y de la fe en Cristo (Lucas 24:47). c) Plena visión. La visión es completa, ya que Tomás reconoce plenamente el Señorío de Jesucristo y le aclama como Dios. El discípulo confiesa a Jesús con las mismas palabras que usó el salmista para confesar a Jehová (Salmo 35:23). La conclusión es obvia y clara: ¡Jesús es Jehová Dios! Este es el momento culminante del Evangelio y de ahí el propósito que se describe en el v. 31.

Paco
21/08/2007, 10:25
Lección 22

INFUNDIENDO SENTIDO Y PODER A LA VIDA

(Leer capítulo 21 de juan)

1. Dirección en el servicio (vs. 1 al 8). En un sentido puede decirse que llegamos, en la lección anterior, a la conclusión de este Evangelio con las declaraciones que siguieron a la confesión de Tomás (20:30-31), pues el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios había puesto fin al propósito del relato de Juan. Pero parece que este capítulo 21 se añade como un epílogo tal vez para contrarrestar el falso rumor referido en el v. 23 El impulsivo Pedro, después de saber que Cristo vivía, piensa que su misión era la de volver al mismo oficio de antes. Al parecer, los discípulos habían perdido la debida visión de Jesús y su obra. Pero su antigua ocupación profesional ya no les iba bien: toda la noche estuvieron trabajando, con toda la pericia de los pescadores expertos, y resultó infructuosa. Afortunadamente, por la mañana el Señor resucitado se apresta a darles instrucciones y Él mismo dirige las operaciones desde la ribera, y enseguida, gracias a la intervención y dirección del Maestro, la pesca fue maravillosamente abundante. La lección es clara: los siervos del Señor no pueden llevar a cabo ninguna labor eficaz sin la dirección de su Maestro, el cual controla nuestros esfuerzos desde la diestra del Trono, impartiendo poder y sentido a nuestra vida cristiana.


2. Refrigerio para el servicio (vs. 9 al 14). El Señor resucitado no sólo dirige el servicio de los suyos, dándoles las indicaciones oportunas, sino que también provee para ellos el refrigerio necesario. En su amor y tierno cuidado por aquel grupo de seguidores, Él había preparado un pez asado y pan, y se los dio a ellos. Pero notemos que el Maestro se dignó aprovechar de lo que sus discípulos trajeron como resultado de su obediencia, ya que el trabajo en todo servicio dirigido por el Señor trae su propia satisfacción. Es solamente la obediencia al Cabeza de la Iglesia, Jesucristo, lo que puede hacernos efectivos en nuestra tarea de pescar almas. Y por medio de su Palabra nutritiva y sustentadora, el Señor ha hecho abundante provisión espiritual para alimentar a su Iglesia, con el fin de restaurarnos las fuerzas para que no desmayemos en el cumplimiento del cometido que se nos ha confiado (20:21). Según la costumbre, contaron los peces. Su número -153- indica sencillamente que fue una gran pesca, y aquí tenemos precisamente una prueba de que el autor de este Evangelio fue testigo presencial de los hechos que cuenta. Parece que simbólicamente esta cifra exacta prefigura el éxito del ministerio cristiano.


3. El amor es la base de todo servicio (vs. 15 al 19). Si Pedro había de apacentar, aunque fuera momentánea y temporalmente, el primer grupo de creyentes entretanto no se hubieran nombrado en la Iglesia pastores para ministrar al rebaño del Señor, esa conducción espiritual de la grey que le es confiada tenía que ser sobre la base de un amor rendido y fiel al único y supremo Pastor, que es Jesucristo. Y tres veces, con humildad de espíritu, Pedro declara su amor hacia su Señor.
Esta triple confesión de amor que Cristo exige a su discípulo es una rehabilitación pública ante sus compañeros por haber negado al Maestro tres veces. Pedro, en ese instante, queda restituido a la misión para la cual él fue llamado, a fin de que pueda así continuar la tarea empezada un día y volver a ser un pescador de hombres. «¡Sígueme!», he aquí el imperativo que debiera despertar en nosotros una genuina vocación cristiana.

4. Responsabilidad individual en el servicio (vs. 20 al 25). El Señor da a Pedro una indicación velada de que terminaría su vida de servicio glorificando a Dios por medio del martirio. Entonces Pedro se siente preocupado también por la suerte de Juan y se apodera de él la curiosidad de saber si su compañero pasaría por el mismo trance. La contestación del Señor a la pregunta de su discípulo es aleccionadora: El conduce a sus hijos por senderos muy variados, uno puede ser de vida prolongada y otro de muerte prematura, pero sea cual fuere la senda compete sólo al Maestro disponer del servicio, testimonio y fin de sus siervos, porque el destino de cada creyente está en las manos del que es la Cabeza soberana de la Iglesia: Cristo. Finalmente se cierra nuestro Evangelio con la propia firma de Juan como autor del mismo, con la nota editorial de aquellos que colaboraron con él, y la hipérbole de que no cabrían los libros en el mundo, si se quisiera escribir todo lo que Jesús hizo. Nunca será posible que alguien, con sus pobres palabras, pueda contar todo referente a Cristo y su obra.

Paco
05/09/2007, 07:23
Introducción al libro de los Hechos de los Apóstoles

A todos nuestros estudiantes que hayan completado el Curso de «La Vida de Jesucristo», sobre el Evangelio según San Juan presentamos gozosos las siguientes lecciones sobre el libro de los «Hechos de los Apóstoles».

El Nuevo Testamento lo integran los cuatro Evangelios escritos por hombres inspirados por Dios y conocidos por San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. En ellos se nos relata el ministerio público de Jesucristo, sus milagros, su doctrina, su muerte por los pecadores y su resurrección de entre los muertos. Los cuatro evangelistas no se pusieron de acuerdo para escribir la historia de Jesús; no obstante, el Espíritu Santo les inspiró y cada uno de ellos presentó el ministerio del Señor de acuerdo con un propósito especial frente a las necesidades espirituales del grupo o grupos de personas que iban a recibir el escrito. Son llamados «evangelios sinópticos» los de San Mateo, San Marcos y San Lucas; se llaman así porque presentan la vida del Señor Jesucristo en una forma armónica entre sí, es decir, hay un paralelismo en el relato entre cada uno de ellos y los otros dos. El propósito del Evangelio según San Juan es diferente a los otros tres; él no se limita a presentar la persona de Jesucristo y su ministerio, sino que se remonta a su divinidad desde el principio.

Los «Hechos de los Apóstoles» nos narra la fascinante historia de la venida del Espíritu Santo y su ministerio de la naciente Iglesia de Jesucristo, impartiendo poder a sus miembros para la majestuosa tarea de ser testigos. La palabra «testigos» se utiliza en este libro de los Hechos más de treinta veces, y podría ser considerada como la palabra clave del libro. Los discípulos habrían de ser testigos, por su conocimiento personal y experimental, de un Salvador que se había levantado de entre los muertos, y, aunque se registran en este pequeño libro los hechos o actos de todos los apóstoles, la atención se centra en especial sobre dos de ellos: San Pedro y San Pablo.

El propósito del libro se basa en la demostración de la continuidad del ministerio salvador del Señor Jesucristo, viviendo prácticamente en las vidas de los hombres por medio del Espíritu Santo. A pesar de que el momento histórico de Jesucristo pasó, ya nunca más la historia podrá prescindir de El, ni la Humanidad recibirá otro Salvador (ver Hechos 2:36).

El escritor humano de los Hechos de los Apóstoles fue un médico griego, compañero de San Pablo en alguno de sus viajes. También escribió el tercer Evangelio y nos hace referencia al mismo en las primeras palabras del capítulo primero de Hechos: «En el primer tratado...» El nombre de este escritor es San Lucas. Como en el caso de todos los escritores sagrados, su nombre pasa desapercibido. El título pudo muy bien haber sido: «Los Hechos del Espíritu Santo» o «Los Hechos del Cristo resucitado por medio del Espíritu Santo, trabajando en la Iglesia».



INSTRUCCIONES

Los Hechos de los Apóstoles es el quinto libro del Nuevo Testamento. Si usted no posee un Nuevo Testamento, le sugerimos lo adquiera en una librería de su ciudad, ya que es imprescindible para poder realizar este estudio. Se recomienda al estudiante que lea el libro de los Hechos de los Apóstoles, entero, por lo menos una vez antes de ponerse a estudiar las lecciones una por una.

Dado lo reducido de nuestro espacio, dedicaremos especial atención a algunos pasajes que consideramos claves para la mejor comprensión del mensaje del libro, sin menoscabo de la importancia que encierra el libro en su totalidad.

Posteriormente tendrá la oportunidad de continuar estudiando el tercer Curso sobre el interesante tema «La Libertad Cristiana», basado en la Epístola de San Pablo a los Gálatas.

Le deseamos que el estudio de este importante libro resulte en beneficio espiritual para su vida.
Cursos Bíblicos por Internet
cbt@cursosbiblicos.org




LECCIÓN PRIMERA
LA IGLESIA ESPERANDO EL PODER DEL CIELO
Leer el Capítulo primero

El ministerio apostólico y el Espíritu Santo (vs. 1-11). Por 40 días después de su resurrección, el Señor permaneció en la tierra; durante los mismos, apareció a sus seguidores en varias ocasiones. Los Hechos de los Apóstoles registran su aparición final, los mandamientos a los discípulos y su ascensión a los cielos. Nadie más verá a Jesús, y nadie puede pretender haberlo visto, y según las palabras del ángel, nadie volverá a verle hasta su segunda venida en gloria (v. 11).

El hecho de ser apóstol («enviado»), de haber convivido con Jesús, asimilado sus enseñanzas, no les capacitó para ejercer un ministerio sin antes haber recibido el poder para llevarlo a cabo, y este poder les fue dado por el Espíritu Santo. Es el cumplimiento de aquella promesa del Señor (Juan 16). Esta es una prueba inequívoca de que para llevar a cabo un servicio espiritual no basta la personalidad humana, por muchas y cultivadas que sean sus capacidades, si no ha sido investida del poder del Espíritu Santo para Ilevarlo a efecto.


Oración en el Aposento Alto (vs. 12-14). Marchados del lugar de la escena de la Ascensión (vs. 12-14), los apóstoles se reúnen para refugiarse en la oración. Con ellos está María, la madre de Jesús, y sus hermanos. Todos ellos están necesitados de la misma protección del Espíritu Santo.
La resurrección de Jesucristo ha disipado los temores de los apóstoles; todas las promesas anteriores se han cumplido. Para ellos, de manera definitiva, Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Ahora se dedican a preparar a la Iglesia para recibir el poder para actuar en el nombre de Jesucristo, y así cumplir su misión (vs. 15-26).
Los apóstoles sienten la necesidad de completar el número doce que ha quedado vacante con la traición de Judas. (El número 12 tenía un simbolismo de perfección en la mente judía.)


Elección del nuevo Apóstol (vs. 15-26). Para ser apóstol era imprescindible haber sido testigo del ministerio del Señor Jesucristo, desde su iniciación hasta su ascensión a los cielos. Por lo tanto, ninguna otra persona podrá abrogarse el apostolado en el sentido estricto en que lo estableció el mismo Señor, y lo reafirmaron los apóstoles.
Más tarde veremos que de parte de las iglesias es discutido el apostolado de San Pablo, ya que según estos requisitos, él no convivió con Jesús, ni fue testigo de su ascensión a los cielos, si bien fue testigo de la acción del Cristo resucitado y glorificado.
Una vez cumplidos los requisitos y ocupado el lugar vacante por Matías, los apóstoles se dedicaron a esperar la venida del Espíritu Santo. De la llegada del Espíritu Santo dependía el éxito de la empresa encomendada a ellos; Cristo les había dicho: «Sin mi nada podéis hacer».








LECCIÓN SEGUNDA
LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO
(Leer Capítulo 2)

La plenitud del Espíritu (vs. 1-13). El segundo capítulo de los Hechos se abre con una de las más vívidas y maravillosas escenas que jamás se hayan descrito. Durante diez días, los discípulos habían estado esperando y orando por la venida del Espíritu Santo. Probablemente estaban en uno de los aposentos del templo cuando vino el Espíritu Santo. El lugar se llenó de un estruendo, como de un fuerte e impetuoso viento; una lengua de fuego descendió sobre cada uno de ellos y los discípulos comenzaron a hablar en otras lenguas, ¡lenguas que jamás habían aprendido!
El patio del templo y la ciudad estaban llenos de adoradores que habían venido de muchas tierras para guardar la fiesta de Pentecostés. ¡Cuán confusos y maravillados estaban estos viajeros de oír al grupo de galileos hablando la lengua de cada uno de los visitantes! Pedro, lleno del Espíritu Santo, predicó intrépidamente a la multitud que se había reunido, y tres mil personas se rindieron a Cristo y a su Evangelio.
Como en la antigüedad el templo de Salomón no fue la casa de Dios hasta que su Presencia no moró en él, así también la Iglesia empezó su misión como tal cuando fue llena del Espíritu Santo. La Iglesia nunca será movida por la inspiración ni el esfuerzo de los hombres, ha de ser movida desde los cielos por el Espíritu Santo para Ilevar a cabo sus santos propósitos (vs. 1-3).
Los apóstoles expresan en el lenguaje universal (todas las lenguas) el mensaje salvador de Jesucristo (vs. 4-12). Los que tienen capacidad para recibir el mensaje, se maravillan; aquellos otros cuya sensibilidad espiritual está atrofiada por el pecado, se burlan de los apóstoles tomándoles por ebrios de vino (v. 13). Es la actitud todavía hoy de todos los incrédulos ante la predicación del Evangelio de Cristo.


El sermón de Pedro (vs. 14-47): Sabiendo Pedro que está ante un pueblo que conoce las Escrituras, no apela a argumentos humanos, sino que les manifiesta la autenticidad de Jesucristo como Mesías Redentor. Pedro les enseña las promesas de la Escritura acerca de lo que iba a suceder ?; presenta a Jesucristo como el cumplimiento de las mismas.
Pedro termina su mensaje exhortando al arrepentimiento y señala el camino para ser salvos, de tal forma que los oyentes exclaman: «¿Qué haremos?». La respuesta de Pedro es: «Arrepentios y bautícese cada uno de vosotros; en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo». Notemos que el Evangelio de la Gracia no exige del hombre otra cosa: que éste se reconozca pecador, se arrepienta y reconozca a Jesucristo como su Salvador personal (38-39).
Todos los que aceptaron el mensaje de Pedro, fueron bautizados. Como consecuencia vinieron a ser miembros de la Iglesia de Jesucristo. Los privilegios del creyente se manifiestan en el hecho de gozarse en la participación que trae consigo la comunión con los hermanos en la fe, el partimiento del pan (memorial de la última cena del Señor con los apóstoles) y las oraciones (vs. 41, 42).
La fe en Jesucristo hermana a los hombres. Y esa fe produce obras, de tal manera que mueve a los mismos al desprendimiento, al amor y sacrificio por los demás. Estas son las obras que agradan a Dios, cuando son el resultado de la comunión espiritual con Él. Ellos entendieron lo que más tarde enseñaría San Pablo: «Porque por gracia sois salvos, por la fe; y esto no es de vosotros, pues, es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2: 8,9).

Paco
22/09/2007, 05:14
la presencia del Espíritu...

LECCIÓN SEXTA
EL PRIMER MÁRTIR DE LA IGLESIA
(Leer Hechos Capítulo 6:


Crecimiento de la Iglesia (vs. 1-7). El crecimiento de la Iglesia trae siempre problemas. Tanto los griegos como los hebreos de que nos habla el vers. 1 son personas de raza judía. Por griegos (o helenitas) se aludía a todos los judíos que vivían fuera de Palestina, a donde acudían sólo en las grandes solemnidades. Estos judíos solían hablar el griego y estaban compenetrados con la cultura helénica. Los hebreos eran los judíos que hablaban el arameo y, como los apóstoles mismos, eran oriundos de Palestina, en donde residían habitualmente.

Parece ser que surgieron favoritismos -siempre tan nefastos- y esto engendró problemas. Las viudas en aquel tiempo constituían una de las clases más necesitadas de la sociedad. Y precisamente, la discusión se originó en lo tocante a lo que del fondo común (2: 45; 4: 34, 35) se repartía a las viudas.

Los apóstoles no podían abandonar su tarea principal, que era la predicación de la Palabra de Dios (v. 2), así que propusieron la elección de siete varones que se ocupasen de la administración económica, el «servicio de las mesas» como le llamaban (v. 3). Son de destacar las cualidades altamente espirituales que son requeridas de estos hombres que iban a ocuparse en una labor material: 1) buen testimonio; 2) ser llenos del Espíritu Santo; 3) ser sabios. Esto nos enseña que el trabajo ordinario debería ser hecho con el espíritu más religioso y elevado. No temamos hacer las cosas pequeñas con los móviles y el entusiasmo más grandes.

Esta medida parece que dio buen resultado, pues no se habla más del problema y es evidente el crecimiento incesante de la Iglesia (vs. 6 y 7). Es alentador leer: «También una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe» (v. 7).


Esteban, un predicador laico (vs. 8-10). Estos siete varones no sólo se limitaron a realizar concienzudamente su trabajo administrativo, sino que, al mismo tiempo, ejercieron una labor espiritual. Se dice de Esteban que obraba prodigios y que nadie «podía resistir la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (vs. 8 y 10).


El arresto de Esteban (vs. 11-15). Esteban se esforzó en presentar a Jesús como el Mesías de Israel. Los sacerdotes y demás enemigos del Evangelio no pudieron tolerar su predicación por más tiempo y le acusaron falsamente. No encontraban argumentos en contra de Esteban, pero les parecía que la aceptación de las doctrinas cristianas implicaba una renuncia de la Ley de Moisés y del pasado religioso y nacional de Israel, algo así como un crimen de alta traición.


El argumento de Esteban (7: 1-53). El argumento básico de Esteban son las Sagradas Escrituras. Su discurso no es más que un tejido de citas bíblicas. Esto tenía un doble objetivo: mostrar a los judíos que, lejos de desechar los Sagrados Libros hebreos, el cristianismo se apoyaba en ellos y, al mismo tiempo, que, en cumplimiento de estos mismos Escritos Sagrados, Cristo tenía que ser el Mesías tanto tiempo esperado.
El discurso de Esteban contiene dos temas principales: el primero tiene que ver con la adoración y trata de hacer ver que desde Abraham el centro del culto israelita ha sufrido varios traslados porque, en realidad, el destino del pueblo escogido es ser nómada y peregrino en un mundo hostil. Una tienda de campaña, como en tiempos de los patriarcas, puede ser mejor lugar de adoración a veces que un suntuoso templo. El segundo tema del discurso es hacer ver que, desde la época de Moisés, el pueblo ha estado siempre rebelándose en contra de Dios y oponiéndose a sus mensajeros. Esto culminó en la oposición levantada frente a Cristo «el Justo» (v. 52).


El martirio de Esteban (vs. 7: 54-60; 8: 1-3). Nótese el contraste entre el v. 54 y el 55. El primero nos muestra la cólera de que eran presa los acusadores de Esteban. El v. 55 y siguientes, por contraste, presentan ante nosotros un cuadro de serenidad y luz: Esteban lleno del Espíritu Santo y puestos los ojos en Jesús. Le echaron fuera de la ciudad (v. 58) porque dentro de sus murallas era ilícito ejecutar a nadie. Muy escrupulosos con los detalles secundarios y ritualistas, olvidaban, sin embargo, lo más importante: «el juicio, la misericordia y la fe» (Mateo 23: 23). Esteban murió orando, perdonando a sus enemigos, mientras caía en el sueño de los justos (v. 60), pues la Escritura dice, no que murió, sino que durmió.

Se ha dicho, con razón, que la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia (Tertuliano). Ciertamente, la sangre de Esteban debió hacer impacto en aquel a cuyos pies habían dejado las ropas del mártir (v. 58). ¡Cuánto debió influir el testimonio de Esteban en la conversión del más grande apóstol de la Iglesia de Cristo! Y Esteban dio su testimonio hasta la muerte sin saber que el mancebo llamado Saulo (v. 58) sería el vaso escogido de Dios para Ilevar el mensaje del Evangelio a los gentiles. Testifiquemos y hagamos bien, aunque no veamos el fruto o el alcance de nuestra labor. Dios entierra al obrero, pero prosigue la obra.


:bienok

Paco
27/09/2007, 09:25
LECCIÓN NOVENA

LA CONVERSIÓN DE CORNELIO
(Leer Hechos Capítulo 10)

Cristo había encargado a sus discípulos que predicaran el Evangelio a todo el mundo. Hasta entonces, sin embargo, el mensaje de salvación había sido anunciado solamente a judíos y samaritanos con la excepción del etíope (8:26-40). El estrecho exclusivismo del pueblo hebreo que si bien por un lado había guardado puro el tesoro de la Revelación divina (cf. Juan 4:22; Romanos 9:4), constituía con todo una barrera para la mayor extensión de las buenas nuevas del Reino de Dios entre los pueblos gentiles.

La visión de Cornelio, el gentil (vs. 1-8) Cornelio era centurión del ejército imperial romano. Su cargo equivalía al moderno capitán. Por la descripción que se nos hace en el v.2, Cornelio aparece como un hombre cuyo corazón Dios había preparado, «temeroso de Dios», participaba en el culto monoteístico y espiritual de las sinagogas judías, aunque sin acabar de ingresar como prosélito en la comunidad hebrea.

La precisión de detalles con que se nos narra esta historia y su reiteración en este mismo libro de Hechos (Hechos 11 y 15). demuestra su gran importancia dentro de los planes de Dios para la evangelización del mundo. Esta importancia radica en el hecho de que el cristianismo tenía que pasar de una secta judía a ser una religión universal. Dios se sirve de Cornelio y de Pedro para inaugurar esta nueva era en la historia de la Iglesia.

Cornelio había hecho buen uso de la luz que había recibido de lo alto. Sin embargo. su historia nos enseña que pese a toda su piedad, sus oraciones y sus limosnas tenía necesidad de conocer a Cristo para ser salvo (recordemos el texto de Hechos 4:13): «El que no naciere otra vez, no puede ver el Reino de Dios» (Juan 3:3) por más religioso o piadoso que sea. Por cuanto, «No hay justo ni aún uno: no hay quien entienda...» (Romanos 3:11). El Señor le había hecho la gracia de enviarlo a Palestina en donde conoció al verdadero Dios, pero ahora le iba a otorgar una gracia todavía mayor: la salvación de su alma por los méritos de Cristo (v. 43) y el poder de su Santo Espíritu (v. 44).


La visión de Pedro, el judío (vs. 9-16). La hora de sexta, el mediodía, era una hora en la que los judíos solían orar.

Nada podía ser tan terrible para un israelita como el trance en que se encontró Pedro, al ser invitado a comer cosas inmundas. Un buen judío prefería morir antes que comer cosas prohibidas por la Ley. Pero en aquella ocasión, Dios enseñó a Pedro que no podía llamarse inmundo a cuanto él había limpiado (v. 15; cf. Marcos 7:19). Toda esta experiencia encierra un simbolismo que trasciende el mero uso de alimentos. Con aquella visión, el Señor quiso enseñarle que la Iglesia de Cristo. el nuevo pueblo de Dios, iba a estar integrado no únicamente en el pueblo judío e identificado con él, sino que abarcaría a todos los pueblos del mundo.

Así como Dios había preparado a Cornelio, vemos que también preparó a Pedro.


Pedro y Cornelio juntos (vs. 17-38). Mientras Pedro estaba orando, los enviados de Cornelio estaban indagando su paradero. Cuando se hallaban a la puerta, el apóstol recibió el mandato del Espíritu Santo de que debía ir con aquellos hombres. ¡Cuán perfectos e inescrutables son los caminos de la Providencia divina!

Cornelio le recibió acompañado de sus familiares y amigos que, acaso participaban también de sus mismos sentimientos religiosos (el v. 7 nos presenta, por lo menos, a otro soldado piadoso). Al entrar Pedro, Cornelio se derribó a sus pies y le prestó homenaje (v. 25). No hemos de entender la expresión «y le adoró» en el sentido religioso del culto prestado a un ser celestial o divino, sino más bien como una reverencia extremada parecida a la que se tributaba a los reyes. Sin embargo, ni siquiera este homenaje respetuoso es del agrado de Pedro quien contesta humildemente: «Levántate, yo mismo también soy hombre» (v. 26).

Pedro estaba perplejo. Había obedecido la voz de Dios que le mandó seguir a los enviados de Cornelio (v. 20) como enviados por Dios mismo, pero todavía no acertaba a comprender por qué había sido llamado (v. 29). La disposición de ánimo de Cornelio no puede ser mejor: «Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado» (v. 33). ¿Es ésta nuestra actitud cada vez que leemos la Palabra de Dios?

Los vs. 34-43 contienen uno de los resúmenes más completos de la predicación apostólica. Abarca desde el ministerio de Juan el Bautista hasta la resurrección del Señor y extiende su mirada al día del juicio. Cristo es juez y salvador. Todos los profetas del Antiguo Testamento dan testimonio de él como Salvador (Isaías 53; Jeremías 31:43; Miqueas 7:18, etc.). Pero al mismo tiempo también lo anuncian como el futuro Juez del mundo (Daniel 7:9 ss.). Si creemos en él recibiremos perdón de pecados en su nombre (v. 43) y seremos salvos.

Si lo desechamos, nos juzgará en el día del juicio cuando todos, vivos o muertos, comparezcamos delante de él para recibir lo que merecen nuestros pecados (v. 42). Permíteme, querido estudiante, que te haga una pregunta: ¿Qué es Cristo para ti? ¿Tu Salvador? ¿0 tal vez el Juez que te condenará en el último día?

«Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón» (v. 44). Como el mismo apóstol sugiere en el v. 47 (cf. Hechos 11:15), este descendimiento del Espíritu reprodujo el maravilloso evento de Pentecostés que ya estudiamos en la lección segunda (Hechos 2) y ha sido llamado con razón «el Pentecostés del mundo gentil». Incluso los mismos signos externos que se manifestaron en el Pentecostés judío se dieron en esta ocasión (v. 46).

Sólo una diferencia: en el Pentecostés judío, los que ya habían sido bautizados recibieron el Espíritu Santo; ahora, sin embargo, Cornelio y su familia fueron bautizados porque habían recibido el Espíritu Santo. Sin esta señal tan manifiesta de la dirección y el favor de Dios, es posible que Pedro hubiese dudado antes de concederles el bautismo (vs. 47 y 48).








LECCIÓN DÉCIMA
LA PRIMERA IGLESIA GENTIL
(Leer Hechos Capítulo 11)
Las noticias de lo sucedido en casa de Cornelio llegaron pronto a Jerusalén, en donde todavía no estaban en condiciones de comprender la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios.

La aprobación de los apóstoles (vs. 1-18) Sin embargo, cuando Pedro les explicó detalladamente todo lo ocurrido, los demás apóstoles se rindieron también a la evidencia de la acción de Dios que, en su gracia, «también a los gentiles ha dado arrepentimiento para vida» (v. 18). «¿Quién era yo -exclama Pedro - que pudiese estorbar a Dios?» (v. 17).

El Evangelio en Antioquía (vs. 19-30). La conversión de Cornelio abría el camino para la formación de iglesias compuestas por creyentes gentiles. Antioquía era una ciudad muy distinta de Jerusalén. Ciudad comercial en donde lo europeo y lo asiático se daban cita y en donde la civilización griega se adentraba hasta el mismo desierto de Siria, incluso los judíos eran más abiertos y comprensivos con los gentiles. De ahí que, aunque al principio los cristianos judíos que habían huido de la persecución narrada en Hechos 8:4 sólo predicaron el Evangelio a los judíos (v. 19), pronto sin embargo algunos de los helenitas (recuérdese lo dicho en la lección sexta sobre los «helenitas»), ciprios y cirenenses, anunciaron las buenas nuevas también a los griegos gentiles (v. 20).

Y con gran éxito, pues «gran número se convirtió al Señor» (v. 21). La Iglesia de Jerusalén envió entonces a Bernabé - el hombre más indicado para esta tarea -, para que examinara lo sucedido en Antioquía, «el cual, como llegó y vio la gracia de Dios, se regocijó» (v. 23). La salvación a todo lo largo de las Escrituras es algo que se atribuye siempre a la gracia de Dios (Romanos 4:16; 11:6): «Nosotros le amamos a él -escribió San Juan-, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19). La iniciativa parte siempre del Señor, porque «no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles» Romanos 3:10-12). «Mas Dios muestra su amor por nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). Querido estudiante, ¿has visto ya la gracia de Dios en tu vida? ¿Crees que Cristo murió por ti en la cruz del Calvario?

Bernabé exhortó a los hermanos de Antioquia, pero comprendió que se necesitaba algo más que exhortación para que la Iglesia creciese en la gracia y el conocimiento del Salvador (2 Pedro 3:18). Se necesitaba enseñanza sistemática de las grandes verdades del Evangelio. Y con este fin partió en busca de Pablo para que le ayudara en esta tarea (v. 25). Ambos permanecieron durante un año en Antioquía «y enseñaron a mucha gente» (v. 26). Hay personas que dan una ojeada a la Biblia y se atreven a decir que «ya conocen las Escrituras».

Los cristianos de Antioquía necesitaron un año para comenzar a aprender algo. No cometamos la locura de abandonar el estudio de la Palabra de Dios después de una lectura rápida y superficial de la misma. «¡Cuánto amo yo tu ley --decía el salmista inspirado-! Todo el día es ella mi meditación. Pues tus testimonios son mis deleites y mis consejos» (Salmo 119:24 y 97).




Hambre en la tierra (vs. 27-30). El historiador romano Suetonio confirma el v. 28 pues ha dejado constancia en sus escritos de una grande hambre que sufrió el mundo a causa de sequías y malas cosechas en tiempos del emperador Claudio. También Josefo, el célebre historiador judío, nos informa que en el año 46 Palestina fue presa de la escasez y el hambre.

El Evangelio es eminentemente espiritual, pero no puede ni debe desligarse de las necesidades terrenas que constituyen además una ocasión de demostrar el amor al prójimo (cf. 1 Juan 3: 17 y 18). Ya hemos considerado en los caps. 5 y 6 los problemas que suscitaron precisamente cuestiones económicas relacionadas con la obra de caridad y justicia social llevada a cabo por la primitiva Iglesia.

Sin embargo, lo que encierra un valor permanente es el espíritu y los principios que movieron a aquella Iglesia apostólica en su actuación social y económica. No así sus métodos, pues que es bien patente que «la comunidad de bienes» practicada por la comunidad de Jerusalén abocó al fracaso -por las razones que fueren-, y las demás Iglesias gentiles nunca intentaron imitarla en este sentido. La regla de oro, sin embargo, que animaba la caridad de todas las Iglesias tanto de Judea como de otras partes es el principio encerrado en Hechos 4:32: «Ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía». Esto explica la constante ayuda que unos grupos prestaban a otros y el interés y solicitud que los cristianos mostraban por sus hermanos necesitados aún de las regiones más alejadas.

«La Iglesia de Jerusalén -comenta el profesor Dr. F.F. Bruce- parece haber sufrido una pobreza crónica; más tarde, veremos cómo Pablo organiza colectas en las Iglesias de los gentiles fundadas por él para aliviar la miseria de los cristianos de Jerusalén». En efecto, lo hecho en Antioquía (vs. 29 y 30) marca una pauta que seguirán en el futuro otras Iglesias gentiles, cuando el hambre general ya haya pasado, pero la pobreza de la Iglesia de Jerusalén continúe (cf. 2 Corintios 8 y 9).



LECCIÓN UNDÉCIMA
LA PERSECUCIÓN DE HERODES AGRIPA
(Leer Hechos Capítulo 12)
Una nueva ola de persecuciones se cierne sobre la Iglesia de Jerusalén. En esta ocasión los apóstoles eran el blanco de los ataques. Herodes Agripa era nieto de Herodes el Grande y tan tirano como su abuelo. Del emperador Calígula había recibido el título de rey y después Claudio añadió a sus dominios las regiones de Judea y Samaria. Fue astuto y supo granjearse la amistad de los dirigentes judíos. Apareció ante ellos como un defensor de la antigua fe de Israel y del judaísmo. Por esto, cuando mató al apóstol Santiago (Jacobo, hermano de Juan, v. 2), agradó a los judíos (v. 3). Por lo cual pasó adelante y prendió también a Pedro
.
Pedro fue encarcelado y puesto bajo vigilancia de cuatro cuaterniones de soldados, es decir: un cuaternión para una de las cuatro vigilias de la noche. Así estaba bajo la custodia de cuatro soldados a la vez, dos de ellos a su lado y los otros dos a la puerta.

Pedro se maravilló de aquella liberación sobrenatural, hasta el punto de creer que estaba soñando (v. 9 y 11). Los designios de Dios son inescrutables. Permitió la muerte de Santiago, el hermano de Juan, pero no quiso que Pedro diera todavía su vida en el holocausto del martirio. El Señor sabe lo que mejor conviene a sus siervos. Sobre este particular, es de gran utilidad una lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses (1:20-24).

La casa de María, a donde se dirigió Pedro, parece que fue un lugar de reunión de la primitiva Iglesia de Jerusalén. Algunos comentaristas han supuesto que tal vez fue aquí donde el Señor celebró su última cena antes de morir en la cruz. María era la madre de Juan Marcos a quien encontraremos en el próximo capítulo (13:5, 13); este Juan Marcos es el autor del segundo Evangelio que lleva su nombre. Lo más probable es que hubiera varios centros de adoración para celebrar el culto cristiano, pues así debía exigirlo el gran número de conversos. Parece confirmarlo además el hecho de que Jacobo y otros hermanos importantes no estaban presentes en aquella reunión de oración en casa de María a la que se dirigió Pedro (v. 17).

Pedro partió entonces «a otro lugar». Qué lugar fuese éste, no nos lo dice el texto sagrado. La suposición de que partió para Roma, no es más que una leyenda infundada. Sabemos que Pedro con toda probabilidad fue a la capital del Imperio al final de su vida (1 Pedro 5:13) en donde muy posiblemente sufrió el martirio. Pero no hay ningún indicio de que fuera a Roma en fecha tan temprana. Aún más: tenemos la prueba de que no pudo haber estado allí en esa época pues cuando años después, el apóstol Pablo escribió su carta a los Romanos no menciona a Pedro en la larga lista de saludos que dirige a los cristianos mas prominentes de la Iglesia de la capital (Romanos 16). Caso de que Pedro se hallase entonces en Roma, el silencio de Pablo sería inexplicable y constituiría un olvido imperdonable e injurioso.

La conjetura más razonable es que Pedro se escondió para escapar de la mano de Herodes y sus secuaces. Teniendo en cuenta, además, la amistad que ligaba a Herodes con el emperador resulta todavía más improbable que Pedro dirigiera sus pasos hacia la capital del Imperio. Seguramente se escondió en algún lugar secreto en donde permaneció durante cierto tiempo.

A partir de Hechos 12:17, la figura de Jacobo se destaca como la del principal dirigente de los cristianos de Jerusalén (Cf. Hechos 15:13 y 21:18; Santiago 1:1). La antigua historia eclesiástica le considera el primer obispo o pastor de la Iglesia de Jerusalén.

Las costas de Fenicia (Tiro y Sidón) dependían para su abastecimiento de Galilea, como en días de Salomón (cf. 1 Reyes 5:9 y ss.). A los fenicios les interesaba pues hacer la paz con el rey Herodes que gobernaba en Galilea. ¿Qué medios se buscaron para hacer la reconciliación? El soborno (v. 20) y el halago (vs. 21 y 22), métodos muy corrientes en las relaciones humanas, pero indignos de un creyente y condenados por Dios.

El (v. 21) habla de «un día señalado». Josefo sugiere que era un festival en honor del emperador Claudio (Antigüedades de Josefo, XIX, 8.2), acaso su aniversario, el 1º de agosto. Aquella ocasión era propicia para sellar en público la reconciliación entre Herodes y los de Tiro y Sidón. «Vestido de ropa real» dice el texto sagrado, se sentó en la tribuna y arengóles. Josefo cuenta que sus vestidos iban bordados con adornos e incrustaciones de plata y joyería.

«El pueblo aclamaba: Voz de Dios y no de hombre» (v. 22). Josefo nos ha conservado algunos detalles complementarios y dice que Herodes fue saludado por el pueblo con estas palabras: «Haznos gracia; hasta aquí te hemos reverenciado como un hombre. Pero a partir de ahora reconocemos que eres más que un mortal». Esto fue suficiente para que el ángel del Señor le hiriese con una terrible enfermedad y muriese comido por los gusanos (v. 23). Así pereció su vanagloria.
El pecado de Herodes consistió en haber aceptado honores divinos de sus aduladores, en lugar de dar toda la gloria a Dios solamente.

El Señor es celoso de su gloria: «Yo, Jehová: este es mi nombre: y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas» (Isaías 43:8).

Es terrible pecado el querer yuxtaponer nuestras propias palabras y pensamientos a las palabras y pensamientos de Dios: «Si alguno añadiere a estas cosas (las palabras de la profecía de este libro), Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en este libro» (Apocalipsis 22:18). Tal es la suerte (o mejor dicho: la tragedia horrible) de cuantos no dan toda la gloria a Dios por su salvación (1 Corintios 1:31), y por lo que son y tienen. Y el mismo final tendrán aquellos que permiten que sus palabras sean puestas al mismo nivel de autoridad y reverencia que la Palabra de Dios. Acaso. sobre muchos de ellos no vendrá el castigo inmediatamente. Pero, a su tiempo, Dios los condenará por su iniquidad a aquel lugar donde el gusano no muere (Mateo 13:39-42), y en donde «será el lloro y el crujir de dientes».

El perseguidor de la Iglesia murió. y la causa que él persiguió sobrevivió creciendo constantemente (v. 24).

Paco
30/09/2007, 21:07
La Adoracion y Alabanza al Rey:

Juan 4:
23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.


Muchas personas hablan de la adoración. Se habla de adorar a Dios, se habla de tener una relación con Dios, pero a la hora de la verdad, no se demuestra. La adoración es un acto y un proceso. En el acto de la adoración nos reunimos para honrar y reverenciar a Cristo a través de ciertos patrones y tradiciones. Además, en el acto, hay un proceso de adoración. Dicho en una forma más sencilla, esto se refiere a nuestro discipulado: la etapa de la madurez, en la cual pasamos del egocentrismo al Cristo centrismo. Lo que importa no es dónde se rinde culto, sino la disposición de la mente y el corazón. La verdadera adoración no es una mera fórmula o un ceremonial, sino una realidad espiritual que está en armonía con la naturaleza de Dios, que es Espíritu. La adoración debe ser también en verdad, o sea, transparente, sincera y de acuerdo con el mandato bíblico. Se estaba haciendo el paso de batón de la ley, que especificaba un lugar en específico, a la gracia, que especifica nuestro corazón.
La palabra adorador (proskuneo προσκυνέω, 4352), hacer reverencia, dar obediencia a (de pros, hacia, y kuneo, besar), implica el acto de cuando el perrito lame la mano del amo en señal de servicio fiel todo el tiempo sin condiciones. Es la palabra que con más frecuencia se traduce adorar. Se usa de un acto de homenaje o de reverencia. En este verso la que se usa es proskunetes (προσκυνητής, 4353), en referencia a la persona que lo hace.
Pero va mucho más lejos de esto. La alabanza es cuando un río trae sus aguas en sus propios cauces, corriendo por su propio canal, y la adoración es cuando este río crece y se sale de su cauce inundando todo nuestro ser, cubriéndonos de sus aguas frescas. Por eso es que dice que El busca adoradores, no adoración, por que la adoración El la recibirá como quiera, ya sea por la naturaleza que nos rodea, ya sea por lo que sucede a diario o como sea. Pero si la damos tiene que ser un acto genuino, no de falsedad, sino de corazón. Esta no busca la presencia de Dios, esta consciente de ella, la vive en la plenitud, la altura, la profundidad, anchura y extensión de la alabanza. Es vaciar nuestra mente de todo pensamiento externo y llenarlo del interno, el que viene de Dios, de lo que fluye de nuestro espíritu a nuestro amado Padre Celestial, por medio de su hijo amado y a través de la unción de su Espíritu Santo. Perdernos en la selva del Trino Dios y quedarnos ahí, admirando su hermosura.
El Salmo 113:3 dice: Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, Sea alabado el nombre de Jehová. Alabad: Este salmo, y los cánticos de Aleluya que siguen, eran entonados en dos partes (113–114 y 115–118) en cada lugar donde se celebraba la Pascua. Es al canto de la segunda parte a la que se refiere Mateo 26.30, poco antes de la crucifixión de Jesús. Estas palabras están tomadas de la oración de Ana en 1 Samuel 2.5. Polvo y muladar son símbolos de la más absoluta pobreza, como habla en el verso 7.
Dios es Espíritu significa que el espacio físico no lo limita. Está presente en todo lugar y puede adorarse en cualquier lugar, a cualquier hora. No es dónde adoramos lo que cuenta, sino cómo adoramos. ¿Es nuestra adoración en espíritu y en verdad? ¿Tiene la ayuda del Espíritu Santo? ¿Cómo nos ayuda el Espíritu Santo en la adoración? El Espíritu Santo intercede por nosotros (Romanos 8.26), nos enseña las palabras de Cristo (Juan 14.26) y nos ayuda a sentirnos amados (Romanos 5.5).
Tenemos que hacer un compromiso con la adoración, te garantizo que nuestras vidas no serán iguales, será prosperada por encima de sus afanes. Seremos llevados a un lugar donde no habrá mas llanto de lamentación, sino de gozo, no habrá mas dolor, por que lo que nos rodea no nos importara, solo desearemos estar a solas con nuestro Padre Celestial.