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FranHugonote
28/03/2008, 19:05
MARTÍN LUTERO Y LA INTERPRETACIÓN DE LA BÍBLIA (I)
Por José Grau

Modificado para una mejor lectura

Cuando Martín Lutero une al mundo ―en Eislaben (Alemania), el 10 de noviembre de 1483― la Biblia era considerada, en palabras del escolástico Buenaventura, «una selva intrínseca en la que es arriesgado meterse». Desde el siglo XIII. en que fue dada esta definición por el fraile franciscano promovido a cardenal, hasta el siglo XV en que nace Lutero, la Escritura aparece a los ojos de todo el mundo como un libro confuso, esotérico y casi ininteligible cuya interpretación solamente pueden llevar a cabo algunos iniciados: la élite de canonistas y teólogos al servicio del papa.

LA INTERPRETACIÓN MEDIEVAL

Tanto Gregoriu VII como Inocencio III enseñaron que las dos espadas que se mencionan en Lucas 22:38 son sendos símbolos del poder papal y el poder real, los cuales pertenecen al Romano Pontífice, pero éste concede uno de ellos a los príncipes para que lo usen conforme a las instrucciones pontificias y en el servicio de la Iglesia Romana. Más tarde, el mismo papa Inocencio III apeló a Deuteronomio 17 en donde se dice que cualquier israelita puede acudir a los sacerdotes y al que en turno desempeñe las funciones de cal, con lo que se signino. que los judíos podían llevar a los sacerdotes levitas, en la antigua alianza, los casos difíciles en litigio y que debían someterse a la sentencia de éstos.
Mediante una ligera interpolación, Inocencio III convirtió a los sacerdotes levitas en el Sumo Sacerdote de Roma y le hizo decir al texto sagrado que quien quiera que no se someta a las decisiones del Sumo Pontífice, cuyo lugar ocupa el papa en la nueva alianza, ha de ser sentenciado a muerte. León X, el papa contemporáneo de Lutero, citó el mismo pasaje, con la misma corrupción textual, en una bula en la que lo daba como sacado del libro de Reyes, para demostrar que el que desobedece al papa es reo de muerte.
Inocencio III escribió al patriarca griego de Constantinopla en estos términos: «Cristo ha dado el gobierno de todo el mundo a los papas» y, como evidencia conclusiva, añadió: «Pedro en cierta ocasión anduvo sobre las aguas las cuales representaban a las naciones y por lo tanto de ahí se colige que sus sucesores tenemos derecho a gobernar todo el mundo, lo cual incluye las sedes de los patriarcas griegos». Estos ni le hicieron caso. Pero Occidente se hallaba preso bajo la férrea dictadura teocrática del papado romano.
La afirmación de Pablo en 1 Co 2:15, de que «el hombre espiritual juzga todas las cosas», fue interpretada por Bonifacio VIII en la Bula «Una Sanctam», de 1302, como significando que el Papa ―el «hombre espiritual»― es juez supremo de naciones y reyes.
Cuando los profetas anuncian los juicios de Dios, en el Antiguo Testamento, y hablan de destrucción y desolación, Bonifacio VIII cree ver en todo ello alusiones al poder que le ha sido conferido por Dios para destruir y para arrancar a su antojo a todos los que se le oponen en lo eclesiástico y en lo civil; Las afirmaciones del salmista, cuando proclama que el Mesías reinará con vara de hierro, fueron tomadas como prueba del deber y el derecho de los papas a establecer la Inquisición con sus penas Capitales.
Era también costumbre justificar la quema de brujas o de hechiceras amparándose en las palabras de Jesús cuando dijo que todo aquel que no tiene comunión con él es como un mal pámpano de la vid que se ha secado y ya no sirve más que para ser echado al fuego.
Podríamos seguir la enumeración de ejemplos de la exégesis medieval ―y, a menudo, como hemos visto, pontificia― pero será suficiente, en último lugar, traer al recuerdo la predicación sobre Ap. 21:1 dio el cardenal Cayetano en el Quinto Concilio de Letrán (1512-1517), es decir: en vida ya de Lutero. Aquello fue la apoteosis del papado y la denigración de la hermenéutica.
Cayetano identificó la Jerusalén celestial con la Iglesia Romana, la cual ―argumentaba― descendió ya del cielo y ha estado gobernada por el Vicario de Cristo. El mismo pensamiento fue luego repetido por otros osados aduladores en las sesiones IV, VIVII, IX y X. En la sesión VI, el obispo de Modrusium describe a la Iglesia romana como la «esposa de Cristo» y añade: «No llores, hija de Sión, porque ha venido el León de la tribu de Judá, la raíz de David ha llegado. He aquí Dios ha levantado a un Salvador que te salvará de manos de tus desoladores. ¡Oh muy bendito León (el papa León X), tenemos la confianza de que tú serás nuestro Salvador».

Así se interpretaban las Escrituras en aquella Iglesia medieval decadente e infiel, tanto en la ortopraxis como en la ortodoxia.

DE LA «NARIZ DE CERA» AL MÉTODO GRAMATICOHISTÓRICO

¿Sobre qué base hermenéutica podía hacérsele decir al texto sagrado estos propósitos? En muchos casos no había la más mínima preocupación exegética y ni siquiera se intentaba justificar hermenéuticamente las deducciones fantásticas que tan caprichosa y arbitrariamente se hacían.
Sin embargo, detrás de esta práctica había una cierta manera de usar el texto bíblico: la hermenéutica medieval que pretendía encontrar cuatro sentidos en cada pasaje de la Escritura: el sentido literal, el alegórico, el tropológico y el anagógico.
Se entiende por literal el significado histórico en la Edad Media. En segundo lugar, el alegórico por medio del cual un pasaje, fuere el que fuere, tenía que arrojar alguna enseñanza sobre la Iglesia, su culto y su gobierno. Luego venía el sentido tropológlco por el cual un pasaje era explicado en relación con cosas presentes; por ejemplo, los pasajes de Levítico que hablan de sacrificios de animales eran interpretados como lecciones para la mortificación de la parte animal del hombre, el cuerpo, y la penitencia en general Finalmente, el sentido anagógico, que lo referían a las últimas cosas, al cielo, al infierno, a la delicias de los bienaventurados y los tormentos de los condenados.
Lutero se levantó contra esta manera de interpretar la Biblia. Propugnó un sentido literal gramático-histórico, guiado por una mentalidad cristocéntrica. Con su estilo gráfico, directo y colorista, Lutero comentaba que esta hermenéutica de los cuatro significados era como «una nariz de cera» con la que uno podía hacer lo que le diera la gana...
No exageramos al afirmar que la hermenéutica científica de la Escritura comienza con los reformadores, exactamente con Lutero. Sus precedentes fueron algunos de los llamados Padres de la Iglesia antigua, así Melanchton se gloriaba de esforzarse por restaurar la exégesis de la patrística, de un Crisóstomo, de un Basilio, etc, enterrada durante siglos por la Iglesia de Roma que, paradójicamente, creía ser la única intérprete autorizada de la Palabra de Dios pero que, de hecho, lo único que hacía era imponer su propia palabra de autoridad político-eclesiástica.
En hermenéutica se habla de un antes y un después de Lutero. Para todos los reformadores, Cristo es el centro y el soberano de la Escritura. Y si para Jerónimo ignorar las Escrituras equivalía a ignorar a Cristo, para los reformadores ―además― ignorar a Cristo es ignorar las Escrituras.


LA ESCRITURA INTERPRETA LA ESCRITURA

A Lutero no le interesaban los juegos de palabras de la sofisticada escolástica medieval. El problema fundamental para él no era tanto la descripción verbal de Dios como la expresión sincera del corazón que se abre totalmente a la existencia de Dios y a la verdad de su Palabra. Al escribir su comentario sobre Hebreos ―entre 1517-1518― el reformador alemán exclamaba: «¡Oh, cuan maravilloso es ser cristiano y tener nuestra vida escondida en Cristo! No a la manera de un ermitaño en una celda, ni en los impenetrables abismos del corazón humano, sino escondidos, amparados y protegidos por, y en, el Dios invisible que no se revela sino por la Palabra y mediante la escucha de la misma». Con éstas, y otras parecidas palabras, Lutero afirmaba una verdad múltiple y fundamental de la fe cristiana: nuestra confianza y nuestra seguridad no descansan en nada humano, ni nada nuestro, sino en la Revelación objetiva de Dios y en la revelación objetiva de Cristo. De ahí su firmeza, de ahí su equiparación a una Roca inconmovible.
El método gramático-histórico-cristológico condujo al principio consecuente de que la Escritura es su propio intérprete y no necesita de una autoridad superior a ella, pues entonces deberíamos admitir que alguien que no es Dios resulta más idóneo para expresarse y hacerse entender que Dios mismo. Equivaldría a pedir las luces de una vela para ayudar al sol «Scriptura Sacra sus ipsius interpres» era la afirmación reformada frente a la exégesis papal ¿Y los textos difíciles? ¿Y los más oscuros? Para Lutero, la claridad objetiva de la Escritura es
Jesucristo y la subjetiva el Espíritu Santo. Cuando sostenía que la Escritura interpreta la Escritura, porque ella misma es su propio intérprete, utiliza el vocablo «Escritura» con dos significados. Con ello quiere decir que la totalidad de la Biblia constituye el intérprete de las partes de la Biblia que no pueden contradecirse entre sí y que deben armonizar con el contenido global de la Revelación. Así, ninguna parte de la Escritura debiera interpretarse de manera que deformara la enseñanza de la totalidad de la misma en algún punto. No basta con apoyarse en algunos versículos aislados, o en referencias incidentales a la Escritura; esto es lo que hacen las sectas. El principio reformado ―elaborado después del siglo XVI― se resume en la conocida frase «Ningún texto sin su contexto; porque un texto sin contexto es un pretexto».