Jroveman
14/02/2007, 19:00
Vivir la vida cristiana de forma que agrade a Dios, sin duda no es algo sencillo. Nos vemos inmersos en una continua batalla de la que demasiadas veces no salimos airosos. Aunque muchas veces la causa puede ser achacada al enemigo de nuestras almas, creo que, desgraciadamente, muchísimas más la causa del fracaso está nosotros mismos. Es indudable que dependemos de Dios, y que Él ha puesto a nuestra disposición recursos y armas suficientes para vivir vidas de victoria. Él ya ha hecho el 100% de la parte que le corresponde y lo sigue haciendo en nuestra vida cotidiana, pero nosotros tenemos que hacer el 100% de la nuestra. Y si no lo hacemos, el fracaso está asegurado.
Por lo tanto, ser un auténtico cristiano implica ejercitar nuestra voluntad y esforzarnos. Tomar la firme decisión de seguir adelante y de obedecer a Dios a pesar de las dificultades. De no permitir que los obstáculos nos detengan o nos hagan retroceder, sino vencerlos y seguir adelante, con la ayuda de Dios. Y esta actitud debemos ejercerla en todos los aspectos que puedan involucrar nuestra vida cristiana.
Es posible que no nos guste leer. También que no tengamos demasiado tiempo para pararnos a leer la Biblia o que haya partes que no comprendamos muy bien. Pero , sin ella el creyente no recibe la alimentación necesaria para su crecimiento y se encuentra desarmado para la batalla. Es imposible que conozcamos a nuestro Dios y Padre si no es a través de la Palabra y que conozcamos lo que Él desea de nosotros.
Orar también cuesta. Con el ritmo de vida que llevamos no es sencillo encontrar un momento de tranquilidad para dedicarnos a la oración. También es fácil comenzar a orar y que luego se nos vaya la cabeza a otra cosa. O que nuestras oraciones se conviertan en algo repetitivo y casi mecánico. Pero sin la oración nuestra comunión con el Padre se ve interrumpida y olvidamos nuestra total dependencia de Él.
Encontramos muchas excusas para no congregarnos. Aunque es bien cierto que nuestros trabajos requieren mucha dedicación, que tenemos que atender la familia y que necesitamos tiempo de descanso. De las veces que faltamos son más porque no queremos que porque no podemos. Pero no podemos olvidar que formamos parte de un cuerpo. Que necesitamos a los otros y que los otros nos necesitan a nosotros para alentarnos y edificarnos mutuamente. Y por si fuera poco, la Palabra indica de forma rotunda que aquellos que tienen la costumbre de no congregarse están pecando contra Dios.
Y así podríamos seguir por otros campos de nuestra vida eclesial y personal en los que estamos fracasando porque queremos o, más bien, porque no queremos. No estamos dispuestos a esforzarnos ni a dejar nuestra posición de aparente comodidad. No entendemos que ser cristiano es renunciar a uno mismo y entregarse a su Señor y Salvador. Necesitamos urgentemente aceptar el desafío y estar dispuestos a dar un paso al frente, al igual que Josué y otros hombres y mujeres de la Biblia.
Si estamos dispuestos a hacer nuestra parte, Dios hará la suya. Sin duda, Él es el más interesado en que nuestras vidas sean de bendición para otros, de alabanza de su gloria, de testimonio del Evangelio... Él promete estar a nuestro lado, dándonos aliento y orientación. Él promete darnos las fuerzas que, sin duda, han de escasear. No olvidemos que Jesús mismo recibió la fortaleza necesaria para poder afrontar la cruz.
Dios quiere que seamos valientes. Ser valientes implica afrontar con resolución la gran tarea que tenemos por delante, con una voluntad inquebrantable. ¿Estamos dispuestos?
:bienok
Por lo tanto, ser un auténtico cristiano implica ejercitar nuestra voluntad y esforzarnos. Tomar la firme decisión de seguir adelante y de obedecer a Dios a pesar de las dificultades. De no permitir que los obstáculos nos detengan o nos hagan retroceder, sino vencerlos y seguir adelante, con la ayuda de Dios. Y esta actitud debemos ejercerla en todos los aspectos que puedan involucrar nuestra vida cristiana.
Es posible que no nos guste leer. También que no tengamos demasiado tiempo para pararnos a leer la Biblia o que haya partes que no comprendamos muy bien. Pero , sin ella el creyente no recibe la alimentación necesaria para su crecimiento y se encuentra desarmado para la batalla. Es imposible que conozcamos a nuestro Dios y Padre si no es a través de la Palabra y que conozcamos lo que Él desea de nosotros.
Orar también cuesta. Con el ritmo de vida que llevamos no es sencillo encontrar un momento de tranquilidad para dedicarnos a la oración. También es fácil comenzar a orar y que luego se nos vaya la cabeza a otra cosa. O que nuestras oraciones se conviertan en algo repetitivo y casi mecánico. Pero sin la oración nuestra comunión con el Padre se ve interrumpida y olvidamos nuestra total dependencia de Él.
Encontramos muchas excusas para no congregarnos. Aunque es bien cierto que nuestros trabajos requieren mucha dedicación, que tenemos que atender la familia y que necesitamos tiempo de descanso. De las veces que faltamos son más porque no queremos que porque no podemos. Pero no podemos olvidar que formamos parte de un cuerpo. Que necesitamos a los otros y que los otros nos necesitan a nosotros para alentarnos y edificarnos mutuamente. Y por si fuera poco, la Palabra indica de forma rotunda que aquellos que tienen la costumbre de no congregarse están pecando contra Dios.
Y así podríamos seguir por otros campos de nuestra vida eclesial y personal en los que estamos fracasando porque queremos o, más bien, porque no queremos. No estamos dispuestos a esforzarnos ni a dejar nuestra posición de aparente comodidad. No entendemos que ser cristiano es renunciar a uno mismo y entregarse a su Señor y Salvador. Necesitamos urgentemente aceptar el desafío y estar dispuestos a dar un paso al frente, al igual que Josué y otros hombres y mujeres de la Biblia.
Si estamos dispuestos a hacer nuestra parte, Dios hará la suya. Sin duda, Él es el más interesado en que nuestras vidas sean de bendición para otros, de alabanza de su gloria, de testimonio del Evangelio... Él promete estar a nuestro lado, dándonos aliento y orientación. Él promete darnos las fuerzas que, sin duda, han de escasear. No olvidemos que Jesús mismo recibió la fortaleza necesaria para poder afrontar la cruz.
Dios quiere que seamos valientes. Ser valientes implica afrontar con resolución la gran tarea que tenemos por delante, con una voluntad inquebrantable. ¿Estamos dispuestos?
:bienok