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¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)
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Tema: ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)

  1. #1
    Miembro Activo Array Avatar de julian
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    Predeterminado ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)




    ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)
    Debes hacer una serie de cosas para recibir esta bendición. Primero, necesitas nacer de nuevo. La persona que va a recibir la plenitud del Espíritu debe primero permitirle morar en su vida y pertenecer a Jesús (Ro 8.9).
    La segunda cosa que debes hacer es pedirlo. La Biblia dice que, si invocamos el Espíritu Santo, esa oración será contestada (Lc 11.8).
    Lo tercero es rendirte a Él. El apóstol Pablo lo explica claramente en el libro de Romanos: «Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo» (Ro 12.1).
    En cuarto lugar, debes disponerte a obedecer al Espíritu. Dios no le entrega este poder a nadie para decirle entonces: «Puedes tomar lo que te convenga y dejar lo demás». Si quieres ser sumergido en el Espíritu debes estar preparado a obedecerle (Hch 5.32).
    En quinto lugar, necesitas creer. El apóstol Pablo dice: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?» (Gl 3.2). La respuesta, obviamente, es la fe. Debes creer que si lo pides, lo recibirás.
    Finalmente, debes poner por obra lo que Dios te ha dado. Habiendo implorado, habiendo recibido, habiéndote dispuesto a obedecer, y habiendo creído, debes responder a la manera bíblica.
    La Biblia dice que quienes fueron bautizados con el Espíritu el día de Pentecostés «comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen» (Hch 2.4). Esto significa que decían lo que el Espíritu había puesto en su boca. El Espíritu puso en sus labios las palabras, y los apóstoles y discípulos las hicieron suyas. Su actuación estuvo inspirada en la fe, no constituyó una mera respuesta pasiva ante aquella bendición. Así debe ser la relación con Dios. Dios le ofrece el bautismo del Espíritu Santo a los seres humanos para que lo reciban y gocen de sus bendiciones.


    Bendiciones para todos.
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  2. #2
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    Predeterminado Re: ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)




    Cita Iniciado por julian Ver Mensaje
    ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)
    Debes hacer una serie de cosas para recibir esta bendición. Primero, necesitas nacer de nuevo. La persona que va a recibir la plenitud del Espíritu debe primero permitirle morar en su vida y pertenecer a Jesús (Ro 8.9).
    La segunda cosa que debes hacer es pedirlo. La Biblia dice que, si invocamos el Espíritu Santo, esa oración será contestada (Lc 11.8).
    Lo tercero es rendirte a Él. El apóstol Pablo lo explica claramente en el libro de Romanos: «Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo» (Ro 12.1).
    En cuarto lugar, debes disponerte a obedecer al Espíritu. Dios no le entrega este poder a nadie para decirle entonces: «Puedes tomar lo que te convenga y dejar lo demás». Si quieres ser sumergido en el Espíritu debes estar preparado a obedecerle (Hch 5.32).
    En quinto lugar, necesitas creer. El apóstol Pablo dice: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?» (Gl 3.2). La respuesta, obviamente, es la fe. Debes creer que si lo pides, lo recibirás.
    Finalmente, debes poner por obra lo que Dios te ha dado. Habiendo implorado, habiendo recibido, habiéndote dispuesto a obedecer, y habiendo creído, debes responder a la manera bíblica.
    La Biblia dice que quienes fueron bautizados con el Espíritu el día de Pentecostés «comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen» (Hch 2.4). Esto significa que decían lo que el Espíritu había puesto en su boca. El Espíritu puso en sus labios las palabras, y los apóstoles y discípulos las hicieron suyas. Su actuación estuvo inspirada en la fe, no constituyó una mera respuesta pasiva ante aquella bendición. Así debe ser la relación con Dios. Dios le ofrece el bautismo del Espíritu Santo a los seres humanos para que lo reciban y gocen de sus bendiciones.


    Bendiciones para todos.
    Estas meclando todo en uno

    1.cree

    2.es Cristo quien bautiza.

    3. vive la vida cristiana.

    Este tema es muy largo y por lo que veo no se donde ya empezar puesto que siemple lo cierran.
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  3. #3
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    Predeterminado Re: ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)




    ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo?

    hermanos es simple, hay que orar, buscar con desesperacion.
    ora y lee la biblia y Dios te hablara y respondera tus peticiones el no tardara su respuesta, pero umillate en su presencia y mantente en oracion, y por el amor de Dios, no busques a Dios por el bautismo, ni por su poder, buscalo por que le amas, por que estas apasionado por el, porque estas desesperadamente enamorado de tu Maestro, enamorado de tu salvador, aleluya, no hay cosa mas grande que vivir agradecido a El.
    hasle regalos de amor a Jesucristo y el te ara regalos, -- que precioso regalo que recibiras de parte de Dios.
    siembra con tu rodilla, la preciosa semilla de la oracion, siembrala con lagrimas, y te aseguro que volveras con mucho gozo, tanto gozo que querras abrazar a todo el mundo, tanto gozo que querras hablar a medio mundo de Jesucristo, gloria a Dios estaras tan muerto en la carne y tan vivo en el espiritu que todo lo que hagas sera del espiritu, jaja gloria a Dios asi sera y al que lo cree de su interior correran rios de aguas vivas,
    creele a El.
    Dios los bendiga.
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  4. #4
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    Predeterminado Re: ¿Cómo puedo recibir el bautismo del Espíritu Santo? (Hch 2.38, 39)




    Nacidos del Espíritu
    El pasaje básico sobre el nuevo nacimiento es el muy conocido capítulo 3 del evangelio según Juan. Este pasaje se registra la conversación de Cristo con Nicodemo, un principal entre los Judíos, e incluye la explicación que Jesús hizo a cerca de la obra regeneradora del espíritu Santo en el alma humana. Nicodemo, a pesar de ser un “maestro de Israel” (v. 10), no pudo captar fácilmente esta verdad y experiencia espiritual. Jesús le explico el asunto comparando el nacimiento físico, o sea el hecho recibir vida física en el cuerpo material, con el nacimiento espiritual, esto es, el hecho de recibir vida espiritual de Dios.
    El nacimiento es fundamentalmente la manifestación de la vida. La vida empieza en el momento de la concepción; el óvulo es fecundado y una nueva vida comienza a existir. El nacimiento es, por así decirlo, como descorrer el velo que oculta parcialmente esa nueva vida, es darla a luz, de aquí el término usado precisamente para este evento: dar a luz.
    El nacimiento del Espíritu de Dios, o nacimiento espiritual, es muy parecido al nacimiento físico. La semilla incorruptible de la Palabra viva de Dios es implantada por el Espíritu Santo en el alma, y si es “acompañada de fe” (Hebreos 4:2), o sea adecuadamente aceptada y recibida, producirá un nuevo e interno nacimiento venido de lo alto. Esta “nueva vida” es la vida del Espíritu, el cual ha venido a morar en aquella alma. Ser “nacido del Espíritu” (Juan 3.6) significa haber recibido al Espíritu dentro de nuestro corazón, en Su total y completa capacidad para dar vida. Él pone la vida divina de Cristo dentro de la alma humana.
    Antes de la entrada del espíritu el alma estaba muerta” (Efesios 2:1) y “estéril” (Gálatas 4:27). Por lo tanto, debe ocurrir un acto de traer a la vida o, mejor aún, de traer la vida. Así como el nacimiento físico es la manifestación de la vida espiritual, vida que viene de arriba. Por la presencia y morada del Espíritu Santo el creyente renacido, aun cuando todavía puede que no sea nada más que un bebé en Cristo, es uno de los “participes de la naturaleza divina” (2ª Pedro 1:4). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2ª Corintios 5:17). “y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9).
    Este es el primer y más importante trabajo del Espíritu en el alma del ser humano, engendrar una nueva vida y construir a la persona en un hijo de Dios. ¿Podría haber una manifestación del poder del Espíritu santo de mayor trascendencia o de mayor magnitud que la regeneración del alma humana? Ningún poder supera el poder de dar vida. El hombre ha sido capaz de producir o reproducir casi cualquier clase y grado de poder conocido, pero el poder de crear vida de la nada es algo que está más allá del alcance y habilidad humana.
    Debemos tener en cuenta que las demostraciones del poder físico no son particular o necesariamente manifestaciones del poder de Dios por cuanto las tales pueden ser realizadas en la energía común y corriente de la carne y del cuerpo material. Pero el acto de introducir una vida nueva y divina en el alma de un pecador es la más excelsa y verdadera manifestación que hay del poder espiritual. Esto no puede ser efectuado por la energía humana; es el trabajo, la obra, el ministerio, la tarea del Espíritu santo únicamente. Esta es la evidencia de la presencia y del poder del Espíritu que necesitamos en nuestros días y en nuestra generación, la salvación de multitudes de almas perdidas.
    Bautizados con el Espíritu
    Mucha confusión ha habido acerca del bautismo del espíritu Santo. No obstante, la Palabra de Dios nos da enseñanzas muy claras sobre este tema tan vital.
    El bautismo del Espíritu fue predicho primeramente por Juan el Bautista, el cual lo consideró como un evento futuro, específico y definido. Su predicción consta en cada uno de los llamados Evangelios Sinópticos, o sea Mateo, Marcos y Lucas. “El que viene tras mí... él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). De esta manera Juan predijo que cuando Cristo apareciera en la escena, haría algo de mucha mayor importancia que bautizar a los hombres en agua. El bautismo de los creyentes por el Espíritu Santo, es más tarde designado por Jesús como “la promesa de mi Padre” (Lucas 24.49), por la cual Sus discípulos debían esperar, después de su resurrección, en la ciudad de Jerusalén. Hechos 1:12 nos muestra que ellos siguieron Sus instrucciones el pie de la letra. El bautismo del Espíritu es señalado claramente como un evento determinado y específico, que tomaría lugar en cierto tiempo, igualmente determinado y fijo de la historia (Hechos 1:4,5).
    Durante el ministerio terrenal de Cristo, el prometido derramamiento, o bautismo, el Espíritu Santo es considerado como algo que “aún no había venido” (Juan 7:39; véase los vv. 37-39). La declaración particular del versículo 39 es una indicación ulterior de que este derramamiento del Espíritu involucra un evento determinado y específico que todavía estaba en el futuro. Al comparar el bautismo prometido por Juan tal como se puede encontrar en los evangelios sinópticos, la promesa de Jesús y sus correspondientes comentarios inspirados que hallamos en Juan 7:37-39, y el mandamiento y promesa del Señor según leemos en Hechos 1:4-8, todo parece señalar, en forma inequívoca, el evento que es descrito como el bautismo del Espíritu o el derramamiento del Espíritu Santo.
    Consideremos más particularmente el pasaje contenido en Hechos 1. Jesús ha concluido Su ministerio en la tierra y ha completado Su obra redentora en el Calvario. Ha sido resucitado de los muertos y está listo para ascender de nuevo a los cielos. Este gran evento, el bautismo del Espíritu Santo, todavía no ha acontecido. Pero mientras se prepara para dejar esta tierra, asegura a Sus discípulos que este evento bendito y divinamente prometido está muy cerca: “vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (v. 5).
    En el día de Pentecostés, apenas pocos días más tarde de los eventos que acabamos de delinear, o sea, la promesa de Juan el Bautista y del Salvador, descrita como “la promesa del Padre” (Hechos 1.4), fue cumplida total y cabalmente en el derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia.
    ¿Qué fue lo que realmente ocurrió en el día de Pentecostés? Si podemos discernir lo que aconteció en tal evento, sabremos qué es el bautismo del Espíritu Santo, por cuanto lo que tomó lugar en el día de Pentecostés, fue el cumplimiento de las promesas de Juan y de Jesús con respecto a esta particular tarea del Espíritu Santo.
    Es importante notar con mucho cuidado las palabras de Juan 7:39: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.” Comparar este versículo con lo que está registrado en el capítulo 2 del libro de los Hechos, nos lleva a la conclusión de que el Espíritu “vino” el día de Pentecostés marcó la venida del Espíritu Santo en un sentido distinto, para ocupar Su morada o residencia en el cuerpo de Cristo en la tierra.
    Aun cuando el Espíritu de Dios, en ciertas ocasiones específicas del Antiguo Testamento, vino sobre algunos de Sus hombres en la tierra (Balaam, Josué, sansón, Saúl, David y otros más), Su lugar especial de residencia era el trono de Dios. Cristo, también estuvo en el mundo en algunas ocasiones durante la dispensacion del Antiguo Testamento, revelándose a unas pocas personas (Abraham, Agar, Jacob, los ancianos de Israel, Josué, Daniel y otros) en apariciones denominadas “teofanías”, pero Su lugar especial de residencia estaba también en el cielo. Al tiempo señalado por Dios Jesús transfirió Su lugar especial de residencia a la tierra, por un período aproximado de treinta y tres años, aun cuando todo ese tiempo estaba todavía presente en el cielo (véase Juan 3:13). Luego, también al tiempo determinado por Dios, transfirió nuevamente Su lugar especial de residencia al trono de Dios (Lucas 24:50,51).
    Aun cuando cada uno es omnipotente, las tres Personas de la Deidad pueden, o aún deben, tener un lugar central de residencia o morada. El Espíritu Santo estuvo presente con el pueblo de Dios desde el mismo principio, pero transfirió Su lugar central de residencia del cielo a la tierra en el día de Pentecostés. Nótese las palabras de Jesús en Juan 14: 17: “el Espíritu de verdad... mora con vosotros, y estará en vosotros.” Esto ocurrió en cumplimiento de lo que Cristo prometió a Sus discípulos que después de Su partida el Consolador vendría a tomar Su lugar y permanecería con ellos para siempre. La lectura del capítulo 2 del libro de los Hechos nos lleva a exclamar maravillados: “¡El Consolador ya ha venido!”
    El bautismo del espíritu Santo fue, por lo tanto, un “bautismo de la Iglesia,” y tuvo lugar como un evento determinado, específico e histórico en el plan divino de Dios, una vez y para siempre. Las repeticiones del evento, registradas en los capítulos 8,1 y 19, ocurrieron para revelar inobjetablemente a la iglesia primitiva que los samaritanos, romanos y griegos estaban también incluidos en el plan de Dios y que eran recibidos como miembros plenos del cuerpo de Cristo conjuntamente y al igual que el pueblo de Israel. Esto se puede notar también en los otros pasajes, tales como Efesios 3:6 y Romanos 15.7. Los creyentes Judíos encontraban bastante difícil entender, mucho menos aceptar, que los gentiles pudieran ser salvados, y solamente cuando les fue dado observar las mismas manifestaciones del Espíritu en los no-judíos, tal como las vieron entre su propia gente, aceptaron el hecho de que “también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida” (Hechos 11:18). En Hechos 10:45 leemos que los discípulos “se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.
    Un Calvario-Un Pentecostés
    Sería tan in escriturario esperar una repetición del Pentecostés como lo sería esperar otro Calvario. No hay más razón para que el Espíritu Santo sea “dado” de nuevo que la que habría para que Cristo viniera otra vez para sufrir y morir. El bautismo del Espíritu Santo fue un evento específico e histórico y fue un bautismo de la Iglesia, el cuerpo de Cristo, antes que una experiencia de creyentes individuales por separado. Por su puesto, todo aquel que recibe a Cristo, llegando por consiguiente a ser miembro de Su cuerpo, automáticamente llega a ser partícipe de aquel bautismo. Por lo tanto, todos los creyentes verdaderos han sido bautizados por el Espíritu Santo en forma corporativa.
    El bautismo de los creyentes dentro del cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo a que hace referencia 1ª Corintios 12:13, no es el mismo que el bautismo del Espíritu Santo del cual se habla en el libro de los Hechos. Más bien, Pablo está escribiendo a los Corintios acerca de la entrada de los creyentes como individuos al cuerpo de Cristo. Este cuerpo ya ha experimentado el bautismo corporativo en el día de Pentecostés, como resultado de la venida del espíritu Santo en ese día.
    Al explicar los acontecimientos espectaculares del día de Pentecostés al pueblo que se había congregado en Jerusalén, Pedro dijo: “Esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne” (Hechos 2:16,17). Hay más que suficiente evidencia escrituraría adicional de que el bautismo del Espíritu santo fue “derramado”para un ministerio mundial en y a través de la Iglesia, Su obra no estaría por más tiempo confinada a Israel. En razón de la renuencia de los creyentes cristianos para captar esta verdad en un principio, Dios duplicó el “derramamiento”en los casos de los samaritanos y de los gentiles, tanto griegos como romanos, para probar que en verdad El había dado el don del Espíritu santo a todos los creyentes. Pedro no describe el Pentecostés como una experiencia del cristiano como individuo, sino más bien como una obra portentosa de Dios en su manera de tratar con la familia humana y con el mundo entero.
    Es muy significativo notar que después de dejar el libro de los Hechos, el cual es primariamente un libro histórico, no se hace ninguna otra mención del bautismo del Espíritu en las Escrituras, excepción de la declaración de 1ª Corintios 12:13, la cual, como ya se ha dicho, se refiere a la experiencia de la conversión. No hay duda de que las más profundas enseñanzas de la vida cristianas son halladas en las cartas del Nuevo testamento. Si una experiencia individual del “bautismo del espíritu” subsecuente a la conversión es el verdadero pináculo de la espiritualidad, ¿por qué no hay ninguna referencia a esto en las epístolas del Nuevo Testamento? ¿No habrían sido acaso carnales cristianos de Corintio buenos candidatos para la experiencia? Los veleidosos Gálatas ¿no la necesitarían acaso? Sin embargo, el apóstol Pablo ni siquiera menciona tal experiencia en las cartas que dirigió a los cristianos en dicha ciudades, ni tampoco les urgió a procurarla. De la misma manera, no hay ninguna referencia o evidencia en tal sentido en ninguna de las cartas que dirigió a las otras iglesias a las cuales escribió.
    Hablar en Lenguas
    Se observa que el bautismo del espíritu, en sus manifestaciones a los sectores Judío, samaritanos y gentil de la iglesia primitiva, fue acompañado de varias señales y prodigios externos. Esto incluyeron, en algunos casos, el fenómeno de los apóstoles hablaran en lenguajes que no conocían. Pero, obsérvese cuidadosamente que ellos no hablaron en una “lengua desconocida” como muchos asumen, sino que proclamaron el mensaje de Dios a mucha gente de naciones extranjeras y de idiomas distintos, gente que se había congregado en Jerusalén con ocasión de la gran fiesta. “Y estaban (la gente de otras naciones) atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos en la que hemos nacido? ... les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hechos 2:7,8,11). Por consiguiente, el don Pentecostal de las lenguas consistió en la capacidad de predicar las Buenas Nuevas en lenguajes foráneos, por una habitación divina y milagrosa; esto no puede ser interpretado como significando un parloteo ininteligible. Las expresiones “lengua extraña” o “lengua desconocida” no constan en los manuscritos originales del Nuevo Testamento, si no son añadiduras hechas por los traductores a guisa de explicación. En el lenguaje original del nuevo Testamento la palabra simplemente es “lenguas” y obviamente significa “idiomas” o “lenguajes.”
    Las personas que en el día de Pentecostés se mofaron de los discípulos y dijeron que estaban borrachos fueron los Judíos de Jerusalén, los cuales no pudieron entender los idiomas extranjeros que estaban hablando los discípulos. En cambio, los visitantes que no eran de la misma ciudad “estaban atónitos y maravillados” (Hechos 2:7) debido a que estos galileos estaban hablándoles en sus propios idiomas nativos con respecto a “la maravilla de Dios” (v. 11), lo cual, sin lugar a dudas, indica el evangelio de Jesucristo.
    Es evidente que el verdadero don Pentecostal de las lenguas fue la habilidad de evangelizar a la gente de otras nacionalidades en sus idiomas nativos sin necesidad de haber aprendido previamente aquellos lenguajes. Esto fue un don especial del Espíritu, quien a su vez, fue el don de Dios a la Iglesia en el día de Pentecostés.
    En nuestros días encontramos que los misioneros “Pentecostales” tienen que invertir tanto tiempo y energía aprendiendo los lenguajes, idiomas y dialectos de sus campos misioneros en todo el mundo, como tienen que hacerlo los misioneros no-Pentecostales. No hay duda de que el Espíritu Santo ha hecho innecesario tal aprendizaje en ciertas épocas de la historia de la Iglesia, pero es más que obvio que eso es nada más que una excepción al patrón normal de las misiones.
    Si algún cristiano pudiera ir a gentes de diferentes idiomas, en varias partes del mundo y, sin necesidad de trabajar y fatigarse estudiando el lenguaje, por un milagro, de inmediato pudiera predicar a la gente en el idioma materno de estas personas, tal como lo hicieron los apóstoles, no cabría ninguna reserva en reconocer que eso sería el verdadero don Pentecostal de lenguas. No podemos negar que el Espíritu Santo puede, si así Él lo desea, dar el don de lenguas a Su pueblo en cualquier época y en cualquier tiempo.
    Aun cuando como algo simultáneo con el bautismo del Espíritu Santo numerosas personas de las iglesias primitivas hablaron en lenguajes que normalmente no conocían, las lenguas no fueron estimadas como un don superior o universal. Cuando Pablo pregunta: “¿Hablan todos lenguas?” (1ª Corintios 12:30), la expresión del idioma original en griego indica que la respuesta que se espera a tal pregunta es negativa. El don de lenguas no era universal en la Iglesia.
    En 1ª Corintios 14 leemos: “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (v. 4). “Si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina? Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la citara, sino dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire” (vv. 6-9).
    Aun cuando el gran apóstol de los gentiles afirmó que él mismo hablaba más lenguas que cualquiera de los creyentes corintios (v. 18), en forma enfática escribió: “pero en la iglesia prefirió hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lenguas desconocida” (v. 19).
    Declaraciones tales como las que señalamos nos muestran que el don de lenguas no era considerado como un don superior o extremadamente importante. Más bien parece haber sido considerado como uno de los dones de menor importancia. De hecho, las lenguas y la interpretación de lenguas son colocadas en el último lugar en la lista apostólica de dones, según encontramos en 1ª Corintios 12. 7-11.
    Algunos cristianos ardorosamente sostienen y reclaman que el don de lenguas es la evidencia o señal esencial para el creyente de haber recibido el Espíritu Santo. Pero la Biblia dice: “las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos” (1ª Corintios 14:22). Esto es lo que el mismo Espíritu santo inspiró para que sea inscrito a las Sagradas Escrituras. El don de lenguas fue dado para probar al mundo, en el principio de la era cristiana, que esta “nueva doctrina,” el evangelio de Jesucristo. Era algo de Dios. Las señales externas de varias clases fueron dadas para añadir peso al mensaje de los apóstoles en los días cuando todavía no había el Nuevo Testamento compilado en forma escrita. Quizá fue porque la revelación escrita todavía no había sido completada que Dios encontró dar otro tipo de revelación a la gente de aquel día y de aquella generación.
    Es digno de notarse que de las iglesias a las cuales están dirigidas las cartas del Nuevo Testamento, aquella en donde más dones había era la más carnal y más corrupta, la iglesia en Corinto. El apóstol declara, en forma directa, que no pudo hablar con ellos “como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo;” afirmando de seguido con respecto a los cristianos en dicha iglesia: “porque aún sois carnales, y andáis como hombres?” 1ª Corintios 3.1-3).
    Además de eso, Pablo acusó a los corintios de tolerar entre los miembros de su iglesia pecados peores que los que los paganos tolerarían (Capitulo 5). En realidad, a través de toda la primera carta que le escribió, el apóstol se refiere a la situación seria y anticristiana que existía en tal iglesia. Se ve obligado a exhórtales: “pero hágase todo decentemente y con orden” (14:40) en razón a la conducta desordenada que imperaba en los servicios y cultos. En forma directa y penetrante les recuerda que “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (14:33). Algunas de las reuniones modernas de “hablar lenguas” y otras asambleas de demostraciones espectaculares que se efectúan en nuestros días definitivamente a tornarse escenas de confusión, desorden y despropósito.
    Llenos del Espíritu
    En Efesios 5:18 leemos estas expresivas palabras: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu.” Esto es lo que la epístola del Nuevo Testamento instan que el creyente que procure constantemente en su vida. Esto es lo que se necesita con tanta urgencia en nuestras iglesias hoy en día. Esto es lo que le falta en las vidas de muchos de los que en la actualidad profesan ser cristianos. Necesitamos la llenura de Espíritu, Su gloriosa plenitud en nuestras vidas y en nuestro servicio.
    Esta llenura, o plenitud, no debe ser confundida con el bautismo del Espíritu, toda vez que las sagradas Escrituras cuidadosamente hacen una distinción entre ambas cosas. El bautismo tuvo lugar como un evento concreto y especifico en la Iglesia una vez y para siempre; nunca será repetido. En cambio la llenura o plenitud del Espíritu debe ser una caracterización continúa en la vida del creyente, el control del espíritu Santo es interferido o roto. Solamente cuando el pecado es confesado puede el cristiano ser llenado, o controlado, nuevamente por el Espíritu.
    Nótese que el lenguaje empleado en Efesios 5:18 es figurativo; hay una antítesis. La condición de ser llenos del Espíritu es contrastada con la de estar intoxicado con vino. Estar intoxicado o embriagado significa haber sometido o rendido una parte o todo el control físico o emocional, o ambos, a la acción o poder del agente embriagante. Ser lleno del espíritu, por consiguiente, significa estar bajo el control del espíritu.
    Hay muchos pasajes que nos muestran que el espíritu puede controlar tanto nuestras acciones como nuestras emociones. Leemos: “andad en el Espíritu” (Gálatas 5:16); “orando en el Espíritu Santo” (Judas 1:20) “amor en el Espíritu” (Colosenses 1:8), “gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17); “inspirados por el Espíritu Santo” (2ª Pedro 1:21) y muchas expresiones similares más. No puede haber tal cosa como “recibir más del Espíritu Santo,” por cuanto Él es una persona, y uno o bien lo tiene. Lo que en realidad debe preocuparnos, y esto en forma permanente, no es “tener más” del Espíritu, sino permitir que Él tenga más de nosotros; esto es, permitir que Él asuma cada vez más el control de nuestras vidas, hasta que lo tenga en forma total y absoluta. Cuando él tenga este control, nos incentivará continuamente y nos dará la energía necesaria.
    Nótese también el modo imperativo usado en la expresión de Efesios 5:18. es una orden ser llenos, a controlados, por el Espíritu. Esto quiere decir que cualquier deficiencia es una vida llena del Espíritu es una falta, un fracaso y un pecado; porque es desobediencia al mandamiento directo de Dios. Es tan impropio para el creyente como doloroso para Dios que aquel falte a su obligación de ser llenos del Espíritu como si estuviera embriagado con vino. El mismo mandamiento que prohíbe lo último ordena lo primero. El uso del modo imperativo indica que es el propósito de Dios, y nuestro privilegio, que seamos llenados, o controlados, continuamente por el Espíritu.
    El tiempo gramatical que se usa en este versículo es el tiempo presente. En el idioma griego, esta forma verbal implica un sentido progresivo, y significa que la acción continúa efectuándose en el tiempo presente. Así, Efesios 5:18 podría ser más propiamente traducido: “No os embriaguéis con vino,... más bien sed continuamente llenados con el Espíritu.” Como ya ha sido indicado, el pecado interrumpe la llenura o control del espíritu; sin embargo, cuando la confesión es hecha, el control es restaurado. De esta manera la llenura del Espíritu no es un acto que se efectúa de una vez y para siempre. Por el contrario, puede ser interrumpida por el pecado y es restaurada mediante la confesión de esos pecados.
    Otro detalle que es digno de notarse es que en este versículo se usa la voz pasiva. Esto quiere decir que el hecho de ser llenados con el Espíritu no es lago que nosotros debamos o podamos hacer, sino más bien algo que debemos permitir que sea efectuado en nosotros. El llenamiento es lago que debemos recibir. No podemos llenarnos nosotros mismos, esforzándonos, por ejemplo, por elevarnos por esfuerzo propio hasta cierto nivel de frenesí espiritual o exaltación mental; simple y llenamente debemos permitir que el Espíritu tenga el control total de nuestras vidas, y eso es lo que Él desea hacer.
    Es por este mismo propósito que el Espíritu mora en nosotros. Todo lo que necesitamos hacer es responder a Su Palabra. Nuestra responsabilidad es someternos y rendirnos nosotros mismos a la obra del Espíritu, y confesar como pecado todo aquello que estorba Su ministerio en nuestras vidas.
    “Bautismo” y “Llenura
    Notemos una cuantas evidencias bíblicas más que nos ayudarán a distinguir más claramente la diferencia que existe entre el bautismo y la llenura del Espíritu Santo. Algunos piensan que como los discípulos fueron “llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4) en el día de Pentecostés, el bautismo y la llenura o plenitud deben ser la misma cosa. Pero debemos notar que después del Pentecostés, y en la repetidas y numerosas ocasiones, los apóstoles fueron nuevamente “llenos del Espíritu Santo” (véase Hechos 4:8,31; 13:9, 52; etc), lo cual demuestra que su condición de individuos llenos del Espíritu era algo continuo.
    Aunque los discípulos llenos del Espíritu como resultado, o en conexión, del bautismo en Pentecostés, las dos operaciones del Espíritu no fueron, ni son, idénticas. Lo que realmente sucedió en Pentecostés, fue que el Espíritu fue “dado”: “Y de repente vino el cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2: 2,3). Esto fue el bautismo del Espíritu santo que había sido profetizado (Lucas 3:16), en resultado de lo cual los apóstoles fueron llenos con Su influencia, poder y amor.
    Juan el Bautista, de acuerdo con la promesa del ángel, sería “lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15). Esta promesa fue formulada largo tiempo antes de que la promesa del bautismo del Espíritu fuese hecha. De hecho, el mismo Juan sería quien, en sus años maduros, prometería a sus seguidores: “(Cristo) os bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:8). Esto demuestra que la llenura del espíritu Santo es algo distinto al bautismo del Espíritu. En el caso de Juan, aquella precede a éste por un lapso de tiempo muy considerable.
    Hubo hombres que fueron llenos del Espíritu Santo tanto antes como después de que ocurriera el bautismo del Espíritu. Por consiguiente, las dos funciones deben necesariamente ser distintas la una de la otra. Estos hechos, añadidos a lo que ya hemos mostrado previamente, deben colocar el asunto más allá del campo de la confusión y la disputa.
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