Cuando la familia pastoral es la que necesita ayuda
por Leadership Journal

Aunque uno sabe que es una posibilidad, uno no lo quiere creer. Uno considera cualquier otra opción hasta que el teléfono suena y es la policía. Aun cuando uno encuentre las drogas, la respuesta del hijo es algo así como que alguno de sus amigos las debe haber dejado olvidadas.

Si su hijo usa drogas

Cómo cuatro familias pastorales confrontaron la situación causada por las malas decisiones de su hijo o hija.

La noticia es devastadora —su hijo está usando drogas.

Sus emociones se alteran. Usted está dispuesto a hacer lo que sea para salvar a su hijo pero no puede tolerar las consecuencias que el comportamiento que ha tenido pueda traer sobre el resto de la familia. Ora y clama por un milagro, pero ha oído hablar de la experiencia de otras familias para quienes el martirio ha durado no pocos años.

Teme por su hijo. Teme el daño que esto le cause a su matrimonio. Y por si no fuera suficiente, teme cómo todo esto también afectará su desempeño en el ministerio.

Para aprender de sus experiencias, la revista Leadership reunió a tres pastores y a la esposa de un pastor que compartieron su historia con candor y valor.

Norma Bourland vive en Minnesota con su esposo Gene. Él ha sido pastor por cinco años de First Evangelical Free Church de Minneapolis. Los Bourland tienen cuatro hijos. Norma trabaja medio tiempo como coordinadora de la red de protección de niños.

En 1984 su hijo Stephen, quien estaba en su décimo año, empezó a usar marihuana y a beber alcohol. Poco después empezó a probar otras drogas, incluyendo cocaína y crack. Stephen apenas logró graduarse de la secundaria. Después de haber probado varias veces sin éxito seguir con su educación universitaria y sostener un trabajo, se fue de la casa de sus padres. Norma y Gene no supieron nada de él por más de dos años.

Tras ese largo período de silencio, Stephen se puso en contacto con sus padres para informarles que su novia estaba embarazada. Stephen había pasado tiempo en prisión y continuaba luchando con su adicción. Ahora vive en Virginia con su novia e hijo. Por los dos últimos años se ha mantenido sobrio.

Kimball Hodge es el pastor de First Baptist Church de Eugene, Oregón, donde ha ministrado por más de ocho años. Está casado con Lynda y tienen dos hijos y dos nietos.

En 1988 su segundo hijo, Evan, empezó a fumar marihuana cuando estaba en sexto grado. Por los próximos nueve años Kimball y Lynda trataron en vano de persuadirlo a que dejara de hacerlo.

Evan se casó sin el permiso de sus padres en 1995. Dos años más tarde su esposa lo dejó. Justo antes de regresar a vivir a la casa de sus padres, Evan tuvo un encuentro con Dios que cambió su vida de una forma dramática. Desde entonces ha dejado las drogas completamente y está caminando con Cristo. Ahora vive y trabaja en Medford, Oregón.

Jim Smoke por cuatro años ha sido pastor de los ministerios para adultos de Grace Church en Cypress, California. Está casado con Carol y tienen tres hijos y ocho nietos.

En 1975, cuando estaba sirviendo con el personal de Robert Schuller en Garden Grove Community Church (hoy conocida como la Catedral de Cristal), Jim se enteró de que su hijo Todd, que cursaba el octavo grado, estaba usando drogas. Usó drogas y abusó del alcohol por los próximos veintidós años. En una ocasión casi se muere por una sobredosis. Debido a varios problemas delictivos entró y salió de centros de detención juvenil, y por último, fue a dar a prisión.

Todd entró al programa de recuperación Bookhouse Two, uno de los más severos en el condado de Orange en California. No usa drogas ni alcohol desde 1997, está siguiendo a Cristo, tiene familia y también un trabajo. Pasa buena parte de su tiempo libre ayudando a otros adictos y alcohólicos a salir de la adicción.

John Vawter es pastor de Bethany Community Church en Tempe, Arizona, donde ha servido por dos años. John y su esposa Susan tienen dos hijos adultos jóvenes, Stephanie y Michael.

Al principio de su adolescencia, ambos hijos pasaron por un período de rebeldía. En 1997 John y Susan se enteraron de que Stephanie, quien estaba viviendo en Denver, era adicta a la heroína. Inmediatamente la confrontaron. Ella estuvo dispuesta a buscar ayuda; pasó por el proceso de desintoxicación y se sometió a un tratamiento que duró varias semanas. Exitosamente logró dejar de usar la heroína desde entonces. Un año más tarde, Michael les confesó a sus padres que él había estado usando marihuana casi todos los días desde que se graduó de la universidad, dos años atrás.

Creemos que usted podrá no sólo notar el gran dolor de estas familias de pastor, sino también recibir mucho consejo y esperanza.

Ninguno de ustedes se enteró delproblema que su hijo o hija tenía con las drogas hasta que se había vuelto adicción. ¿Por qué cree que este problema, cuando se inicia, no es evidente a un padre?

Kimball Hodge: Aunque uno sabe que es una posibilidad, uno no lo quiere creer. Uno considera cualquier otra opción hasta que el teléfono suena y es la policía. Aun cuando uno encuentre las drogas, la respuesta del hijo es algo así como que alguno de sus amigos las debe haber dejado olvidadas.

Jim Smoke: Uno cree que si sus hijos están involucrados en las cosas de la iglesia —mis hijos crecieron mientras yo trabajaba con Juventud para Cristo, rodeados de la iglesia y el ministerio, y hasta fueron a un colegio cristiano—, esto no le sucederá a nuestra familia, pero mi hijo estaba viviendo una doble vida.

John Vawter: Stephanie dice que uno, para adicto con éxito, tiene que ser un gran mentiroso. Alguien me dijo que los adictos hacen cualquier cosa para poder usar drogas, aunque esto tenga que ser sacar sólo altas calificaciones en sus clases o ser muy bueno en los deportes.

Si usted sospecha algo, ¿cree que debe confrontar a su hijo?

Norma Bourland: Uno tiene que tomar el toro por los cuernos. Si hubiéramos hecho algo al principio, nuestro hijo se hubiera enojado con nosotros, hubiera usado todos los trucos a su disposición para escapar del enredo, pero con todo, tal vez hubiera evitado la larga «montaña rusa» a la que se subió. Quizá entonces el vicio no se hubiera arraigado en él como lo hizo y no le hubiera llevado tantos años librarse de él.

¿Qué le pasó a su alma todo este tiempo?


Norma Bourland: Yo empecé a sentirme confundida; estaba tratando de entender qué es lo que estaba pasando para poder arreglarlo. Luego vino la frustración, pues no podía controlar la situación. Esto fue seguido por ira mezclada con momentos de lástima; quería controlar la situación pero no podía.

Luego pasé por un período de agotamiento porque esto no se acababa. Me sentaba en una silla en nuestro dormitorio y me quedaba allí con la vista perdida. No podía pensar, ni tampoco orar. Después entré en la etapa emocional; clamaba a Dios en medio del llanto. Era como si mi familia se estuviera desintegrando. Me sentía desilusionada y abandonada por Dios, y muy triste.

John Vawter: El domingo pasado fue el primer domingo en meses que no lloré durante el tiempo de alabanza en la iglesia. Lloro porque me embarga una tristeza devastadora cuando pienso que yo estoy ahí adorando a Cristo con la iglesia a la cual amo y estoy feliz de servir, y que mi hijo no lo está adorando. Lo único que puedo hacer es dejarlo todo en las manos de Dios continuamente.

Kimball Hodge: Cuando me enteré de que mi hijo estaba usando drogas, me puse furioso con él, con la forma tan fácil en que un niño puede obtener las drogas, con Dios porque esto no debe sucederle a la familia de un pastor. Luego me entró un gran temor por las consecuencias que las acciones de Evan podrían traer sobre él. Y entonces sentí ternura hacia él. Lo amo mucho.

A largo plazo, lo que experimenté fue una gran tristeza que me duró años. Algunas veces era insoportable ver lo que le estaba pasando a él y al resto de la familia.

¿Alguna vez se sintió culpable por las malas decisiones de su hijo?

Kimball Hodge: Varias veces me pregunté si esto era culpa mía, y también me decía que yo no merecía ser pastor. Pensaba que si hubiera tomado más tiempo para discipularlo en vez de estar siempre tan ocupado, quizá él hubiera tenido sus raíces más fuertemente cimentadas y el problema con las drogas no hubiera ocurrido.

Cuando nuestro hijo nos dijo que había regresado al Señor, descubrí que mis pensamientos eran infundados. Una noche mi esposa le dijo a Evan: «Debo hacerte algunas preguntas que han estado en mi corazón por años. ¿Fue acaso que tu papá y yo pasamos demasiado tiempo en el ministerio y que te sentiste defraudado por el tiempo que debimos haberte dedicado y no te dimos?»

Él le respondió: «No. Yo sentía que tú y papá siempre estaban allí para lo que yo necesitara cuando yo lo necesitaba».

Ella le preguntó: «¿Sentiste alguna vez que no te queríamos lo suficiente?»

«No», le dijo él. «Yo sabía que ustedes me amaban sin condición. Siempre estuve seguro de su amor hacia mí».

«Entonces, ¿por qué hiciste lo que hiciste?»

Él respondió: «Mama, tú y papá hicieron todo lo correcto. Yo sólo tenía ojos y pensamientos para mí mismo. Yo pensaba que lo que yo hiciera no afectaría a nadie más que a mí. Y pensaba también que era mi propia vida».

Después, hace como un mes, le pregunté a Evan qué lo había movido a consumir drogas, además del hecho de tener amigos que las usaban. Me respondió que estaba enojado. Le pregunté contra quién, si contra mí o contra Dios. Me dijo que no sabía; que simplemente había sentido ira todo el tiempo.

¿Cómo hizo para que el abuso de drogas de su hijo no destruyera completamente su propio sentido de bienestar?
John Vawter: La Navidad pasada le dije a Michael que mi deseo era que él entendiera que él había tomado decisiones de usar drogas por las que yo no podía tomar la responsabilidad. Le explique que su mamá y yo estábamos de acuerdo en que no dejaríamos que ni su drogadicción, ni lo que sucediera con su vida, arruinara nuestro matrimonio ni nuestra vida.

Norma Bourland: En nuestra casa mi meta siempre ha sido ser una buena madre y hacer todo lo que es correcto. Cuando mis hijos no estaban felices, yo quería arreglarlo todo para ellos. Siempre estaba poniendo todo mi enfoque en lo que ellos necesitaran. Mi felicidad dependía de la de ellos y yo pensé que la de ellos dependía de mí.

Fue un duro despertar cuando me di cuenta de que las decisiones de mis hijos eran las suyas propias. Ellos hacen cosas por sus propias razones, al igual que yo hago cosas por mis propias razones. Mi felicidad es mi propia responsabilidad y no la de ellos. Cuando al fin me di cuenta de esto, empecé a cuidar mejor de mí misma.

John Vawter: El día después de que llevamos a Stephanie a su tratamiento entramos a un grupo de Narcóticos Anónimos. Me di cuenta que tenía que aceptar tres cosas: 1) Stephanie era drogadicta, 2) yo iba a tener que participar en estas reuniones por un largo tiempo, y 3) lo que sucedió nunca nos iba a dejar; por el resto de nuestra vida tendríamos que estar vigilantes, ya que sólo el tres por ciento de los adictos a la heroína logran recuperarse.

Jim Smoke: Los muchachos de los que estamos hablando no son ni malos ni repulsivos. Nuestro hijo es un muchacho tierno y sensible. Si hubiera sido un ogro habría sido más fácil lidiar con el asunto. Simplemente lo hubiéramos echado de la casa.

Después de no haber tenido noticias de él como por tres meses, un día me llamó y me preguntó si podría ir a recogerlo.

Llegué a la gasolinera donde me esperaba sentado en la banqueta. Pensé que no podía ser él. Me abrazó fuertemente. Estaba maloliente pues no se había bañado en una semana.

«Necesito decirte que te amo» me dijo. «Gracias por venir.» Yo sentí un gran conflicto dentro de mí. Me preguntaba si él necesitaba en este momento que yo lo amara con ternura o con mano dura. Uno se siente con deseos de abrazarlo y darle un puñetazo al mismo tiempo. Todas estas emociones se levantan dentro de uno.

¿Qué clase de relación puede usted tener con un hijo que está usando drogas? ¿Le pone límites?
John Vawter: Durante la época navideña pasada llevamos a Stephanie y a Michael con su esposa e hijos a Hawaii, pero primero vendrían a Phoenix. Antes de que llegaran le dije a Michael que cuando se bajara del avión, lo iba a mirar directamente a los ojos y le iba a preguntar si tenía alguna droga en sus maletas. Si las tenía, no lo iba a dejar entrar a nuestro auto pues tanto su madre como yo teníamos nuestros valores. No hay drogas en nuestras propiedades.

Le prometí que íbamos a pagar por el viaje, pero que él tenía que alquilar un carro en Hawaii bajo su propio nombre. Yo le iba a dar un cheque al final de la semana para que pagara el alquiler. De esa forma, si lo paraban y encontraban drogas en el carro, yo no iba a tener un carro embargado en mi cuenta de tarjeta de crédito.

Cuando Michael se bajó del avión, me abrazó bien fuerte, y con su mejilla pegada a la mía me dijo que no traía droga. Cuando terminamos el viaje, me besó al despedirse.

Es una dicotomía muy extraña. Por un lado el amor es profundo, y por el otro yo pienso que continúa adicto a algo.

Pero hemos definido y puesto límites de amor. Le hemos dicho que sabemos que está usando algo pero que no queremos jugar ningún juego con él. No vamos a ponerle fin a nuestra relación con él y que cuando decida que necesita ayuda lo vamos a ayudar.

Kimball Hodge: Probamos las dos cosas. Una de ellas fue restringirlo y la otra fue permitirle que trajera a sus amigos a la casa en lugar de ir a dónde ellos estaban. Evan es un muchacho amoroso y fácil de amar. Nos enojábamos con él algunas veces, y odiábamos lo que estaba haciendo, pero no había duda alguna de que lo amábamos. Pero el uso de drogas continuaba sin importar lo que nosotros hiciéramos. No podíamos atornillarlo, por así decirlo, para frenar lo que él estaba haciendo.

Cuando un hijo llega a los dieciocho años y ya es independiente, un padre no le puede decir que lo va a meter a su auto y lo va a llevar a un programa de rehabilitación. Uno llega a convertirse en espectador del caos. Lo invade a uno un sentimiento de impotencia y flaqueza.

John Vawter: El primer domingo después de que llevamos a Stephanie al tratamiento, un cantante invitado a nuestra iglesia mencionó que su hermano era drogadicto, así que después del servicio compartí con él la situación de Stephanie.

Él me vio de la manera como sólo el familiar de un drogadicto puede hacerlo, y me dijo: «Esta no es tu lucha. Es la de Stephanie.» Hasta ese momento yo había estado haciendo planes para ir a Denver a matar al traficante de drogas. Ese hombre ni siquiera estaba legalmente en el país. No tenía sus papeles, nadie se hubiera dado cuenta que ya no existía. Yo ya lo tenía todo bien planificado.

El cantante me comentó que si no era ese traficante, sería otro. También me dijo que ellos saben cómo reconocer a Stephanie y a cualquier drogadicto a una milla de distancia. Hay una forma especial con la cual ellos se comunican entre sí que ni tú ni yo podríamos notar. Me repitió: «Es su lucha, no la tuya.»

Norma Bourland: Yo había regresado de las reuniones de Alcohólicos Anónimos diciendo que volvería otra vez, porque no había entendido lo que en realidad significaba dejar el asunto en las manos de otro. El concepto me daba ira.

Pero aprendí en las Escrituras sobre el principio de dejar ir, de soltar, todo asunto que está fuera de mi control, y que esto se hace por amor y responsabilidad. Me llevó bastante tiempo. Para mí, significó someterme a la realidad de las cosas, dejando que Dios sea Dios y que yo sea la que es dependiente.

Tuve que aceptar que no puedo hacerlo todo. No puedo arreglar a mis hijos. No puedo hacer que sean cristianos. No puedo evitar que usen drogas. No puedo protegerlos. No puedo hacer mucho por ellos, pero sí los puedo amar.

¿Cómo afectó el mal comportamiento de su hijo la relación entre usted y su cónyuge?

Kimball Hodge: Mi esposa es una persona que disciplina con firmeza y que es agresiva para enfrentar el problema. Yo soy un poco lento para reaccionar. Actúo con cautela. Aunque mi hijo no estaba haciendo lo correcto, yo no quería terminar la relación con él. Esto causó gran lucha entre Lynda y yo. Los dos estábamos miserablemente perdidos con respecto a qué era lo que debíamos hacer con Evan.

Finalmente acordamos en que sería yo el que lo disciplinaría. Yo quería liberarla de la carga. Le pedí que se dedicara solamente a amara a Evan y que disfrutara lo más que pudiera de su compañía y la de sus amigos. Le dije que yo la ayudaría si su nivel de frustración llegaba a ser muy alto, y que si estaba enojada, se podía sacar el enojo conmigo. Algunas veces estas sesiones fueron muy dolorosas, pero me daba cuenta de que ella necesitaba alguien con quien pudiera desahogarse.

Lynda pudo entonces enfocarse más en Evan que en el problema de él con las drogas. Su relación creció más y Evan pudo darse cuenta de que los dos éramos firmes con él. Aunque yo no actuaba tan rápido como Lynda quería que lo hiciera, nuestra posición no cambió.

John Vawter: Durante su adolescencia Stephanie decía cosas que nos dolían, y luego en nuestro dolor Susan y yo nos enojábamos uno con el otro. No sé cómo empezamos a hacerlo, pero aprendimos a decirnos: «Yo no soy el enemigo, querida(o)». Ese era nuestro código para hacernos ver que el otro acababa de tratarnos injustamente. Algunas veces hemos incorporado lo mismo en nuestras conversaciones relacionadas con las drogas y eso realmente nos ha ayudado.

Norma Bourland: La personalidad de Gene es tal que él puede separarse y manejar cognoscitivamente las cosas. Para mí siempre fue un asunto emocional. Stephen y yo siempre habíamos sido muy unidos y sentí que no podía llevar yo sola sus problemas. Yo quería que Gene se sintiera de la misma manera.

Gene podía decir: «Stephen está tomando sus propias decisiones y él sufrirá las consecuencias. Él aprenderá de las consecuencias.» Yo me enojaba con Gene porque quería que él interviniera y detuviera el asunto. Yo no quería que sufriera las consecuencias. Tuvimos varios altercados al respecto.

En su dolor, ¿se separó de otros o solicitó ayuda y apoyo?

John Vawter: No tengo la energía emocional para dejar que alguien entre a mi vida y critique la forma en que recibimos ayuda. Alcohólicos Anónimos ha sido de gran ayuda para Stephanie. Allí les dan mucha educación. Yo aprendí sobre mí mismo escuchando sus cintas de AA. Fuimos a Narcóticos Anónimos por un año y eso nos ayudó. Allí Susan y yo decidimos cuáles serían los límites que deberíamos definir.

Desdichadamente he tenido que protegerme de mis amigos que vienen a decirme que AA no honra a Jesucristo. He memorizado una respuesta para tales personas, porque algunos de sus comentarios han sido insensibles y han dejado mucho dolor.

Yo no necesito que nadie esté tratando de averiguar qué fue lo que Susan y yo hicimos mal. Necesito personas que me ayuden y apoyen, y Dios me ha dado muchas de ellas.

¿Cómo cambió su ministerio el que su hijo haya usado drogas?

Kimball Hodge: Esta experiencia, más que ninguna otra, ha suavizado mi espíritu hacia otros. Me he bajado del pedestal en que estaba y que me hacía pensar que tenía que ser perfecto. Por supuesto, no puede uno pararse frente a su congregación en el púlpito y decirles todo lo que está mal con uno, si no, algunas personas nunca escucharían lo que uno tiene que decir. Por otro lado, uno pude informarles de vez en cuando de lo que Dios ha hecho para adiestrarme.

Yo empecé a ver el dolor que la mayoría de las personas en nuestra congregación estaba sintiendo, cómo muchas familias estaban partidas, cómo muchas estaban pasando por divorcios que no querían, cómo muchas estaban luchando con hijos descarriados. Encontré que podía tener mucha más compasión.

¿Cuánto le dejó saber a su congregación de la lucha por la cual pasaba su familia?

Jim Smoke: La primera vez que yo pasaba por algo así fue cuando mi hijo fue encerrado por un fin de semana en un centro de detención juvenil a la edad de dieciséis años. Ese domingo en la mañana yo tenía que enseñar en la escuela dominical. Me sentía incapaz de poder pasar ese mal trago. Finalmente me dije que tendría que fingir hasta que lo pudiera tragar. No diría nada sobre Todd.

Pero al final de la clase dije: «Tengo que compartir algo con ustedes. Esta no es una mañana muy feliz, que digamos. Ingresaron a mi hijo al centro de detención juvenil esta mañana.» Compartí con ellos algunos pensamientos, y eso fue todo. Después ni podía bajarme de la plataforma porque nuestro grupo de solteros vino hacia mí en masa. Todos pusieron sus brazos alrededor de mí y me dijeron que estaban conmigo.

En mi actual iglesia soy parte del equipo de predicadores. Si en un día en particular mi mensaje desarrolla un tema donde nuestra historia sirve de ejemplo, comparto abierta y honestamente la lucha por la cual he pasado.

Somos mejores líderes cuando enseñamos con base en nuestra debilidad y no nuestra fortaleza. Yo no tengo mucha fuerza como para enseñar desde mis puntos fuertes, así que prefiero hacerlo en la otra dirección.

John Vawter: No lo he compartido con toda la iglesia un domingo por la mañana, pero no ha sido un secreto. La gente ha respondido maravillosamente. Si ha habido comentarios negativos, ni Susan ni yo nos hemos enterado. En las sesiones de ancianos, los líderes preguntan casi todas las veces cómo están los muchachos y cómo estoy yo. Los otros pastores y mi equipo de oración han sido bastante sensibles y fuertes cuando me han tenido que ayudar en mi debilidad y notan mis lágrimas.

¿Alguna vez ha considerado seriamente dejar el ministerio?

Kimball Hodge: Estando en el púlpito he tenido que batallar cuando digo algo que no estoy experimentando. Yo puedo decirles cómo es que deben vivir; pero no me es fácil practicarlo yo mismo. Me parece que esto es como una mentira.

Cuando Evan tenían como quince años le dije que creía que no podía continuar siendo pastor si él continuaba siendo un rebelde, pues consideraba que no calificaba porque las Escrituras dicen que si un hombre no puede administrar su propia casa, cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios.

Esto tomó a Evan por sorpresa. Casi llorando me dijo: «No, papá. Tú no puedes dejar el ministerio. Tú eres un buen pastor. No es tu culpa.»

Entonces le dije que yo todavía era responsable porque él estaba en mi casa. Cada vez que pensé en renunciar, me llegó, sin embargo, una convicción al corazón de que debía continuar y, en obediencia, predicar la Palabra de Dios. Nos creemos inmunes a esta clase de experiencias, pero Dios me ha mostrado que esto es ser un idealista, y que no es una verdad bíblica. Yo soy una persona real, con problemas reales.

Norma Bourland: Hace algunos años alguien me dio un artículo muy útil titulado «Dios también tuvo problemas con su familia».

John Vawter: A uno le pueden dar «masajes espirituales de espalda» y le pueden hablar de personas que también fueron malas en la Biblia, pero, para mí, todavía sigue siendo una lucha personal. Algunos días quisiera ser suficientemente viejo como para jubilarme porque el dolor es demasiado. El verano pasado prediqué una serie sobre Colosenses que tenía que ver con la familia. Me preguntaba cómo es que me sentía calificado para hacerlo. Siento que de alguna manera mi corazón tiene que alcanzar mi cabeza.

Por otro lado, Dios ha trabajado tremendamente en mi vida. Cuando me enteré de que Michael estaba usando drogas, me sentí profundamente triste. Le dije a Susan que si en un año seguía sintiéndome tan triste, yo renunciaría. Bien, ya ha pasado un año y me siento suficientemente fuerte como para patrocinar una conferencia para pastores cuyos hijos usan drogas.

¿Qué les puede decir a aquellos que recientemente descubrieron que su hijo o hija usa drogas?

Jim Smoke: Primero, forme un círculo a su alrededor con las personas que lo aman y apoyan. Necesita un sistema de apoyo.

Uno de mis mejores amigos es un psicólogo, y su hijo también pasó por algo similar a esto. Nos sostuvimos uno al otro. Nos sentábamos en restaurantes a llorar. Sabíamos que estábamos juntos en la misma sopa.

Segundo, encuentre a personas que puedan hablar con su hijo. El éxito de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos está basado en las personas que cuentan su historia en el salón. Su hijo no responderá todo el tiempo, pero habrá alguien que le dirá: «Déjame contarte mi historia. Absórbela y reflexiona».

Tercero, encuentre programas que en verdad funcionan y recomiéndeselos a su hijo. Los programas funcionan cuando las personas hacen funcionar los programas. Uno no puede sentarse nada más y sentir lástima de sí mismo y orar sobre su problema. Tiene que tomar pasos de acción concretos.

Cuarto, nunca se desanime sobre lo que Dios puede hacer. Hace algunos años les escribí a mis hijos una carta de Navidad que contenía mi lista de deseos para cada uno de ellos. Le envié esa carta a Todd a la prisión de Ironwood. Incluía cuatro deseos que yo tenía para él. Las chicas me enviaron comentarios sobre sus cartas, pero nunca recibí nada de él.

La Navidad pasada él vino a pasar el día con nosotros. Me entregó un sobre y me dijo: «Aquí está tu regalo, papá». Era la carta que yo le había enviado a la prisión. Había marcado como realizados los cuatro deseos que yo había puesto, y había escrito: «Gracias, mamá y papá. Lo he logrado de la mejor forma que he podido, un paso a la vez. Con amor, Todd.»

Esa Navidad, mi esposa dijo: «Gracias, Señor. Nos has devuelto a nuestro hijo.»

Derechos reservados © 1999 Leadership Journal. Verano de 1999, Vol. XX No. 3

Traducido por M. Cristina Krasny