La Pasión de Jesús, es el drama humano y divino, en el que se dan cita, el amor, la indiferencia, la soberbia, el egoísmo, el sacrificio y el dolor. Sin embargo, es el tapiz, donde se teje la esperanza cristiana y la gran promesa: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23,43)” y la mayor exculpación: “Perdónales que no saben lo que hacen (Lc.23, 34)”.
Jesús, perdona al pueblo judío que pide su muerte. Al pueblo, que le trae sus enfermos para ser curados, buscando su libertad. Un pueblo ingrato que odia a los romanos y a su Emperador, pero que grita no tener más rey que el César, aunque años más tarde sean exterminados por él. El pueblo, que no siendo lo suficientemente valiente para impedirlo, rechaza a su verdadero Rey y Salvador.
Y también pide perdón al Padre, por los dirigentes, que lo condenan por envidia y por no comprender el mensaje que predica Jesús, poniéndolo en la balanza para calcular su valía, junto con Barrabás, el agitador político.
Y Jesús, el hijo de José y de María, aquel hombre, alto, fuerte, esbelto, con un cabello castaño y largo, es clavado en la cruz. Y en su agonía, debido a la pérdida de sangre, agotado por los latigazos y suspendido de los brazos, se asfixia. Para poder respirar, tiene que apoyarse en los pies y en los brazos, reavivando con ello el dolor insoportable del clavo fijado en medio de los pies y de las muñecas. Cuando ya no tiene fuerzas para realizar este esfuerzo, se debilita y pronuncia “TENGO SED” (Jn.19, 28.30). Un soldado romano, coloca sobre una caña, una esponja mojada en una bebida agridulce, consistente en una mezcla de vino y mirra y se la acerca a los labios, pero Jesús la rechaza. Jesús, es torturado por la sed.
Sin embargo, Jesús, además de su sed física, también le angustia otra clase de sed, la de que se realice en el mundo el Reino de su Padre.
Tiene sed, de conseguir que entre los hombres, reine la comprensión y la tolerancia. Sed, de hombres y mujeres que se propongan vivir en la verdad, respetar y dar testimonio de la verdad olvidando un mundo, donde por desgracia, impera la hipocresía, la mediocridad, las falsas verdades y las mentiras.
Tiene sed, por conseguir que entre los hombres, exista ese amor desinteresado que le acompañe hasta el Calvario. Sed, de conquistar almas que luchen con los brazos abiertos, para vivir en un mundo, feliz, sencillo, humano, sin sonidos espectaculares, ni esperas de recompensa, en definitiva lograr un mundo mejor.
Jesús, tiene sed de almas que tomen su cruz y le sigan, como los misioneros, que por amor a los que les necesitan, abandonan sus países, familias y comodidades, acudiendo en su ayuda para si es necesario, regalarles hasta su propia vida. Sed, de los que aman, perdonan y ayudan a inmigrantes, marginados, débiles, angustiados, deprimidos y enfermos, prestándoles su consuelo y esperanza.
Jesús crucificado, tiene sed… de tantas cosas.
Con el Evangelio a la calle, desea que esta Semana Santa de 2.009, sea totalmente diferente, para ofrecer a Jesús crucificado un manantial de agua viva, limpia y noble, dentro de una Iglesia resucitada, para así, calmar nuestra sed de vida eterna, con Cristo resucitado.